lunes, enero 31, 2011

La siniestra

Nos hemos vuelto todos locos. Siguió el concurso de gilipollas, al que cada día se apuntó un concursante. De La Iglesia, al que le gusta más un micrófono que a Zapatero una frase arapahoe, se cabreó con “los que ponen banners”. Luego se reunió con “los internautas” y les dio la razón: compartir pelis no es delito. La siniestra, indignada con Alex, vio tumbada su ley, pero el PP le respaldó y consiguió que se aprobase su chapuza. Odiada por todos menos por los “creadores”, la siniestra en ningún momento dimitió, mientras acumula cadáveres políticos. Entonces Alex, otro cadáver, se cabreó otra vez y, él sí, dimitió. Pero no. ¡Espera! Lo haría después de salir por la tele en la gala de los Goya. La posible sustituta de Alex, Iziar, dijo entonces que Alex había hecho mucho daño. Y todo es vanidad, que diría Krahe.

Pero aunque parecía que en este sainete digno de García Sánchez o Antonio del Real no cabía un bobo más, va Gerardo Herrero y suelta: "Álex ha perdido la cabeza con el Twitter. Le ha venido un síndrome de Estocolmo con los internautas. Es como si el Ministerio de Sanidad negociara con los traficantes de cocaína cómo se hace una ley y si la coca debe ser de mejor calidad y se habla del tema con la gente que tiene problemas con ella”.

Herrero cuchillo de palo es un desastroso director que ha ganado el concurso de idiotas. Como diría NAPALM, bájense de la Mula, para comprobar su mediocridad, cosas como Desvío al paraíso, Malena es un nombre de tango, Territorio Comanche, Frontera Sur o El misterio Galíndez. Presidente de la academia en el 94, Cuchillo de palo ha recibido muchos millones del erario público para sus cutres películas y no es más que otro miembro de una casta de señoritos arrimados al trinque que ven, acojonados, que llega un cambio de era, un cambio de ciclo imparable.

Y lo más lamentable, lo que verdaderamente da vergüenza ajena no es ver a unos payasos en plan balada triste de trompeta, sino que el auténtico origen de la ley de la siniestra parece venir del gran villano, el enemigo, ¡el destructor del cine español! Viene DE HOLLYWOOD, como destapó Wikileaks. Fue Hollywood, fueron los norteamericanos quienes le dieron un toquecito a la siniestra. Que ya está bien. Que ya nos vale a los españoles. Y cuando Hollywood habla, PSOE y PP escuchan, callan y ejecutan. Escrita el 29 de enero de 2011.

viernes, enero 28, 2011

Extras

Estudié y me diplomé en la escuela de cine. Soy de la generación de niños que iba a las matinales, que crecieron con el vídeo y que se desarrollaron, que maduraron con el DVD. Y lo que aporta el DVD no es sólo la calidad y la comodidad en la reproducción y la versión original y el subtitulado, el DVD nos trajo algo nuevo: los extras.

La mayoría de los extras son superfluos o intrascendentes. Una película superflua e intrascendente conlleva extras olvidables. Pero una película grande, honesta o humana conlleva unos extras maravillosos sólo por el hecho de escuchar a la gente que hizo posible esa película. En los buenos extras, y hay muchos en muchas ediciones, hay ocultas clases magistrales sobre cómo escribir, rodar, interpretar, iluminar, producir…

Hace siglos daba clases en una escuelita de cine. Cuando los chavales me preguntaban por las fuentes para conocer más o por otros lugares donde aprender, yo les decía que lo mejor era irse al FNAC o al Corte Inglés y comprar buenas ediciones, ediciones especiales con extras.

En muchos de esos extras está congelada la experiencia de decenas de grandiosos guionistas, directores, actores, iluminadores y productores de los que se puede aprender. Y lo que es mejor: te pueden contagiar su pasión, su energía y su verdad. Me importa un carajo que esto suene cursi. Cuando vi el documental de Eleanor Copppola sobre Apocalypse Now -nunca incluido en un extra en España y nunca distribuido- supe a qué quería dedicarme “de mayor” aunque la vida me dijo después a lo que debía dedicarme para pagar el alquiler.

Chavales, devorad todos los buenos extras que podáis porque es ahí -y no en las caras escuelas de cine o en la pantalla donde se proyectan las mediocres pelis de hoy- donde vais a encontrar a gente buena, a gente decente, a gente que se sentía orgullosa, y con razón, de lo que hacían. Porque lo que hicieron fue único, increíble. Escrito el viernes 21 de enero de 2011.

miércoles, enero 26, 2011

A Sucesos

La noche previa al asesinato de Miguel Ángel Blanco NAPALM y yo estábamos montando una peli de Super Ocho en Algorta, Vizcaya. Esa noche hubo fiesta borroka en la plaza que da al balcón de la casa donde trabajábamos. Esa noche NAPALM vio, en un bar, a un tipo mofándose, frente a un televisor, de las pocas horas que le quedaban de vida al concejal. Mi amigo pudo vivir en persona la podredumbre moral vasca.

Cada vez que escucho la palabra “paz” cuando un político o un periodista se refiere a ETA me llevan los demonios. Todavía algunos siguen con la matraca de la “paz” cuando no hay ninguna guerra y nunca la hubo.

Hoy ETA es tan ofensiva como los GRAPO, que de vez en cuando matan a un pobre desgraciado o roban, pero sin afectar realmente a la sociedad. No tiene ningún sentido “la paz” o “el fin de ETA” por una sencillísima razón que el otro día me expuso NAPALM: podemos vivir con ETA. Podemos vivir con ellos y podemos asumir sus crímenes. Hoy por fin podemos asumir lo que parecía inasumible en los ochenta y sin necesidad de ninguna tregua o negociación.

Por eso estaría muy bien que los periodistas relegaran a ETA a las páginas de sucesos, no a las de España o a las de Política. A sucesos. Con los narcos, los manguis, los asesinos o los maltratadores. Escrito el domingo 23 de enero de 2011.

lunes, enero 24, 2011

Cuarta entrevista: Diego Galán

El mejor director que ha tenido el Festival de San Sebastián, el que lo salvó del ostracismo y lo catapultó al meollo internacional, es una de las figuras clave de nuestro rarito documental. Tipo ocupado pero ya definitivamente retirado de los tejemanejes del festival de San Sebastián, Galán no puso peros en ningún momento y nos pidió un trato de tú enseguida. A ver qué va a ser esto. En su casa, en la calle Bailén y con unas vistas envidiables, nos recibió espontáneo, amable y abierto.

La entrevista fue muy relajada y en ella encontramos lo que buscábamos: la información que habíamos encontrado en su entretenidísimo libro sobre el festival, una buena dosis de experiencias humanas y lo que se cocía entre bastidores en San Sebastián o lo que vivió en sus visitas a Los Ángeles. En definitiva: recuerdos sobre cineastas ya desaparecidos y viejas glorias casi olvidadas.

Lo mejor, en estos tiempos prohibicionistas que vivimos, fue verle encenderse su cigarrillo nada más empezar el interrogatorio. “¿Podemos?”, le pregunté. “Hombre por supuesto, no me jodas”, respondió. Así se caldea una entrevista, con los vicios y las malas uvas compartidas. “Cómo está los de darle al pitillo, qué asco”.

Nuestras preguntas se remontaban a casi 25 años, cuando Galán dirigía un festival que logró la codiciada categoría A gracias a un trabajo tenaz y admirable. Su memoria no fue portentosa, pero nos dio imágenes y momentos cojonudos que seguro nos van a servir en el montaje final.

Lo mejor de Galán, que nos ofreció material gráfico inédito (un tesoro para nosotros), fue su llaneza a la hora de irse de vinos con nosotros tras la grabación. Hasta ahora, en las entrevistas nos habíamos encontrado con una barrera frente al los entrevistados. Unos más amables y entregados que otros, nos concedían sus tiempos y ya, y para casa. Galán no. Se apuntó -o nos apuntó, mejor dicho- a los vinos por su barrio. Y disfrutamos de la conversación, y conocimos historias sobre Bette Davis, Fernando Fernán Gómez, Oliver Stone, Robert DeNiro, Mickey Rooney o Vázquez Montalbán.

Diego Galán es un raro espécimen que te escucha como tú le escuchas a él. Aunque él lleve la ventaja en experiencia, aunque se haya codeado con la crema de la crema de Hollywood y el cine de autor mundial, te escucha con el mismo interés que tú le escuchas a él. Y eso, créanme, es rarísimo. Casi un milagro. Y me temo que en este proyecto no lo vamos a volver a encontrar. Escrito el domingo 16 de enero de 2011.

viernes, enero 21, 2011

¡Lo llama show!

En España cuando los filmakers se ponen intensos suelen hablar de su “obra”, su “creación”, su “universo” o su “mundo”. Hace unas noches Carmona vino a cenar a casa. Le mostré mi caja de Los Soprano como un niño enseña sobreexcitado su colección de cromos acabada. Vimos algunos de los extras y a su creador David Chase. Y le escuchamos hablando siempre de su “show”, nunca de su “obra”, su “creación”, su “universo” o su “mundo”.

Entonces fue Carmona el que se mostró sobreexcitado. “¡Lo llama show!”. Los norteamericanos tienen metido hasta el tuétano el concepto de entretenimiento. Hasta una compleja y artística obra maestra de la tele como Los Sopranos es para ellos un show. Los Soprano, como El padrino, son ante todo show business, son Showbiz.

Un día, en España el término “cómicos” se volvió despectivo. Un día, en España “los de la cultura” nos revelaron una superioridad que no merecían. Como bien dijo el escritor David Thomson, la HBO no es una fundación cultural, una escuela de las artes o un proyecto intelectual, sino “un canal de tamaño modesto pero audaz, trabajando según los ajustados calendarios e implacables presupuestos de un sistema de fábrica”. De fábrica, charlatanes. Y a sus grandiosas series y a su admirable trabajo ¡lo llaman show! Escrito la noche del 18 d enero de 2011.

miércoles, enero 19, 2011

“Olvídalo todo. Es Chinatown”

La última vez que vi Chinatown fue en la filmoteca. Fue también la primera vez que la gocé en pantalla grande. La copia era bastante buena y la sala estaba llena. En cuanto sonó la extraordinaria banda sonora de Jerry Goldsmith y se proyectaron los títulos iniciales me entró un escalofrío, me hundí en la butaca.

Chinatown se produce en la época de las películas retro (El gran Gatsby, El golpe o Primera plana) pero reniega de esa moda de los estudios. Roman Polanski se lo dejó claro al productor Robert Evans: no haría una película retro ni la haría como en los treinta. Rodaría como se hacía en los setenta. Polanski pidió rodar en color y en Panavisión. El fotógrafo contratado era el veterano Staney Cortez (El cuarto mandamiento), pero el hombre, ya mayor, era muy lento y sus técnicas estaban desfasadas. Polanski, que no quería que el tono cromático del film se pareciese al de El padrino (algo que pretendía Evans, productor de la obra maestra de Coppola), hizo sustituir a Cortez por John A. Alonzo, que acabó firmando un trabajo con muchísima personalidad.

El guión de Chinatown, de Robert Towne, es complejo, enrevesado y lleno de recovecos y revelaciones que van siendo desgranadas secuencia a secuencia. Uno de sus grandes logros de Towne es haber pergeñado una extraña trama basada en el agua y no en joyas, carreras de caballos, atracos, bancos o una figura en forma de halcón. Pero lo que realmente hace grande a Chinatown es que en ella el thriller no se sustenta en los archiconocidos códigos del género, sino en lo humano. En la corrupción, el poder, la mentira, los impulsos más primitivos, el sexo sano y el sexo enfermo. Así lo explicó Polanski: “El suspense nace no tanto de los hechos, sino de los sentimientos y las emociones de los personajes. No hay puertas que chirríen ni sombras amenazadoras, hay sentimientos complicados, sombras que turban la mente de los personajes”.

Y el humor. Chinatown, que arranca con la socarrona escena de un marido descubriendo las fotos de su mujer pegándosela con otro, despliega memorables momentos de humor marca Nicholson, un protagonista golfo, algo vulgar, muy natural y cargado de sexualidad que está a años luz de otros hieráticos detectives del cine clásico.

Además de un detective con un esparadrapo en la nariz durante un tercio de película y una confesión a bofetada limpia (“Es mi hermana, es mi hija”), lo que me sigue maravillando de Chinatown es el final. Para llegar a él también hubo bofetadas entre Towne y Polanski. Towne quería un final feliz. Evelyn mataba a su padre Noah Cross en una calle de Chinatown. Pero Polanski objetó: “El mundo es un lugar tenebroso”. Polanski ganó la pelea de egos: Gittes (Nicholson) no puede hacer nada frente al mal, no puede reaccionar ante la inevitable repetición de la injusticia, ante lo corrupto del ser humano. En la versión de Polanki Gittes se queda en estado de shock ante el cadáver de Evelyn. Y entonces, consolándolo, un compañero le susurra: “Olvídalo todo. Es Chinatown”.

Como cuando decimos “Nadie es perfecto” o “Que la fuerza te acompañe”, frases que se han vuelto expresiones coloquiales gracia al cine, yo adopté la última frase de Chinatown. Porque también creo que suele ganar el mal y que nuestro mundo es un lugar tenebroso. Y al reconocer al mal campando a sus anchas suelo soltar aquel “Olvídalo todo. Es Chinatown”. Escrito el sábado 16 de enero de 2011.

lunes, enero 17, 2011

La comedia humana

No conocía a William Saroyan hasta que compré y leí ‘La comedia humana’, una historia que en manos de otro novelista podría haber sido de un empalagoso de morirse pero que con Saroyan se convierte en un relato sencillo, emotivo y humano, sobre todo muy humano.

Saroyan se acera a la frontera que separa lo compasivo de lo cursi y logra no traspasarla. No soy lector de retratos de infancia tipo ‘Matar a un ruiseñor’, tan prósperos entre los autores norteamericanos, pero el caso de ‘La comedia humana’ es distinto. La novela, escrita con una sencillez nada fácil de lograr, te atrapa desde el primer capítulo y sobre todo por el eje de su historia: la vida de un chaval que trabaja en telégrafos (Saroyan lo hizo) entregando telegramas del frente, aquellos que empezaban con el fatídico “Sentimos informarle que su hijo…”.

Saroyan era un tipo curioso. Aunque maneja imágenes fabulosas (esta novela podría ser una película inmensa en manos de un guionista competente) se tira a veces al vacío de los monólogos y sale bien parado. Uno de sus personajes, una profesora, dice: “No me importa lo que mis criaturas parezcan en la superficie. No me engañan ni los modales elegantes ni los malos modos. Me interesa lo que hay debajo de los modales de cada clase. No me importa si una de mis criaturas es rica o pobre, brillante o lenta, genial u obtusa, con tal de que tenga humanidad, de que tenga corazón, de que ame la verdad y el honor, de que respete tanto a sus superiores como a sus inferiores. Y si las criaturas de mi clase son humanas no quiero que sean humanas del mismo modo. Con tal de que no sean corruptas no me importan sus diferencias. Quiero que cada una de mis criaturas sea ella misma”.

Es extraño que una novela, casi naif en algunos pasajes, luche de manera tan tenaz y desnuda por hacer hincapié en valores que hoy resultan raros de escuchar, por los que nos tacharían de presuntuosos: honor, humanidad, verdad y corazón. No me extraña que Saroyan titulase dos de sus obras teatrales ‘La hermosa gente’ o ‘La gente que emana luz’.

Los personajes alrededor del crío protagonista (el telegrafista borrachín, su madre, su hermano, sus amigos, sus profesores y los familiares a los que entrega sus fatales telegramas) están muy bien dibujados y quedan, permanecen, tienen poso. Me alegra haber conocido a Saroyan. Escrito el domingo 16 de enero de 2011.

jueves, enero 13, 2011

GRANDES PENSADORES

"Hay que luchar por la propiedad intelectual y no dar ninguna tregua a los internautas, porque es como pactar con los terroristas. Con tanta demagogia a la gente se le olvida de que se trata de una industria y que, por tanto, es como robar en El Corte Inglés". (Manuel Gutiérrez Aragón)

miércoles, enero 12, 2011

Cautividad

Estoy leyendo ‘El hombre del traje gris’, una grandiosa novela de Sloan Wilson. Una de las típicas frases de contraportada de novela que más odio, que más envidio y que más pupita me hacen es esa que he vuelto a leer en ‘El hombre del traje gris’: “A partir de libro X, premiado con el premio Y, Z PUDO DEDICARSE POR COMPLETO A LA LITERATURA”. Al leerla, y si el escritor el bueno, como lo es Wilson, pienso dos cosas: 1. Te lo has ganado. 2. Cabrón suertudo.

DEDICARSE POR COMPLETO A LA LITERATURA. Ay. No valgo para mandarlo todo al carajo y pasar hambre como Hamsun, Bukowski o Fante. Y ni de coña tengo su capacidad para el bebercio, aunque le dé al frasco. Me he acostumbrado a mi curro, me he hecho a él y a mis colegas, pero me engaño como se engañan los pretenciosos creativillos de Mad Men, pensando que puedo escribir al llegar a casa o los fines de semana. Esto lo escribo cansado y tras una jornada de ocho horas. No es plan. Y no hay derecho.

Cuenta George Orwell, uno de los que se lo ganó (aunque tuvo que darle a la conferencia y a la colaboración radiofónica), que una mente comprada es una mente estropeada. Y también que “la imaginación, como algunos animales salvajes, nos se reproduce en la cautividad. Cualquier escritor que niegue esta realidad está reclamando su propia muerte”. Escrito la noche del martes 11 de enero de 2011.

lunes, enero 10, 2011

La habitación 511

Mario Monicelli, nonagenario director de cine, se tiró por la ventana de un quinto piso de un hospital. Diego Galán se preguntó indignado en El País: “¿No tenían paliativos para ayudarle? ¿Son esas las normas de este Gobierno italiano, dejar que los enfermos se suiciden brutalmente en vez de auxiliarles? Imaginarse a un anciano de 95 años, desesperado, trepando de mala manera a una ventana para arrojarse al vacío para cortar con ello definitivamente su sufrimiento, es estremecedor. ¿Cuántas películas hacen falta, cuantos escándalos hay que provocar para que de una vez por todas se nos permita morir en paz? ¿Cómo es posible que Monicelli y quién sabe cuántos otros hayan tenido que tirarse por las ventanas para morir dignamente?”.

Hace semanas la portada del semanal de ese mismo periódico mostró a un hombre maduro sobre la cama de un hotel. Bien vestido, de pelo fuerte y canoso, miraba con decaimiento hacia la ventana de su habitación. Se llamaba Carlos Santos y fue a ese hotel a poner fin a su vida. Ya está muerto, ya no existe. Horas antes, el escritor y periodista Juan José Millás habló con él y logró uno de los reportajes más desasosegantes y raros que he leído últimamente en la prensa española.

La historia de Carlos es una historia de soledad, de muerte en soledad. ¿Qué muerte no es en soledad? Se vio desauciado por culpa de una resonancia. En ella le encontraron “el bicho”, un hijo de la gran puta llamado quiste radicular que te deja paralítico y va directamente a tu cerebro. Su futuro era perder toda energía, vivir como un anciano, dolores intensos, parálisis y cagarse encima sin poder evitarlo, ya que “el bicho” provoca el descontrol absoluto de esfínteres.

Según Millás, que confiesa con honestidad que no tuvo huevos de acompañarlo hasta el final, Carlos le miraba con una mezcla de desafío y desamparo, dos palabras que repitió dos veces en aquel reportaje. Millás dejó escrito que “el día de su muerte Carlos subió en compañía de un voluntario y una voluntaria de DMD (asociación Derecho a Morir Dignamente) a su habitación grande y luminosa. ¿Qué os parece si me pongo el pijama? preguntó a los voluntarios. Antes de que le contestaran, se metió en el cuarto de baño, de donde salió al poco en pijama y con unas zapatillas (no se había quitado los calcetines). Dobló cuidadosamente la ropa de la que se acababa de desprender y la guardó en el armario. A continuación tomó el DNI y lo colocó en la mesa, sobre un pequeño conjunto de billetes bien doblados. Muy cerca, dejó la carta al juez y a la policía”.

“Luego sacó de su cartera el bote con las pastillas, que ya había pulverizado, y las introdujo en un vaso, echando a continuación una porción de un yogur de fresa que había comprado antes de subir. Revolvió bien con la cuchara hasta lograr una masa homogénea (lo que llevó su tiempo, por la cantidad) y el yogur de fresa se puso azul debido a la reacción química. Se tomó el "cóctel" a cucharadas asegurando a los voluntarios que no estaba tan malo comparado con el aceite de ricino de su infancia. Se quedó dormido sobre las 13.40, y media hora después, en medio del profundo sueño, dejó de respirar, sin estertores, sin sufrimiento, sin dolor, escapando así a un horizonte clínico espantoso. La prensa, como es habitual en estos casos, no dio cuenta del suceso”.

Gracias a Millás sé que existió Carlos. Y gracias a él sé que existe la asociación Derecho a Morir Dignamente. Y que en ella hay gente buena que ayuda a gente como Carlos a morir, a acompañarlo al hotel y a llamar a recepción cuando todo ha acabado. Una sociedad que mientras vivimos nos trata como a niños malcriados o nos dopa con trivialidades pero no nos deja irnos de este lugar con dignidad es una sociedad despreciable. Escrito el domingo 2 de enero de 2010.

lunes, enero 03, 2011

Entre copas, mi película de la década

No pretendo sentar cátedra. Es MÍ película, cada uno tendrá la suya o las suyas. O ninguna, que menuda década de mierda. La vi por primera vez hace cinco años junto a JR y NAPALM. Renoir Plaza España. Se apagaron las luces. Negro. En off, alguien apremia al personaje de Paul Giamatti (Miles) a salir de su cama para, en bata, aparcar en otro lugar su desfasado coche. Nadie se mira en la sala oscura de un cine, pero hay unas pocas películas que hacen que mires a tus compañeros de vida y butaca con sencillos movimientos de cabeza, atusar de cabellos, alteración de ritmos respiratorios, risas o carcajadas. Al final de la proyección, tocados y risueños, los tres supimos que Entre copas era ya una de las nuestras, de las que compras para tener en casa, perfecta para una velada con Riveras o Riojas. Así fue.

Alexander Payne, que desde Entre copas se ha centrado en la producción y no ha vuelto a estrenar un largometraje (en breve nos llega The Descendants), logró una película valiente, incorrecta, puntillosa y detallista hasta la envidia (porque tú también quieres escribir así algún día) o el pavor (por verte tan certeramente reflejado en ese retrato de perdedores desorientados que tanto se engañan). Con sólo cuatro personajes centrales, la película logra un fresco generacional que amas y odias, como a ti mismo y a tus seres queridos, como si te plantaras ante una especie de cine-espejo. En su proyección, miras a los tuyos y te miras reconociendo muchas miserias y valores compartidos en la pantalla. Y eso hoy es, literalmente, un jodido milagro.

Su guión, escrito por Payne junto a su amigo Jim Taylor y basado en la novela de Rex Pickett, es un portento en el manejo de los valores de la tragicomedia, el realismo social, una nihilista filosofía, la profundidad psicológica y hasta un humor descacharrante. Los detalles, a patadas, de su escritura, construyen una amistad entre dos tipos aparentemente odiosos -un escritor frustrado tendente a la pedantería y un ex actor que piensa con la polla- pero tan humanos que acabas adorándoles. Los dos, acotados por un código moral privado, se quieren a pesar de que ninguno “entienda el juego” del otro. Los dos están plagaditos de carencias y por eso son sencillamente de verdad como lo son las chicas, absolutamente creíbles.

Entre copas utiliza en sus geniales diálogos la metáfora del vino y su decisiva elaboración para hablar de las personas, pero lo hace lindando el límite de la pedantería, sin cruzar nunca esa delgada y tan peligrosa frontera. Las acertadas citas a Bukowski, Toole o Las uvas de la ira, de Ford, están bien integradas, casi no se notan. Otro milagro. Entre todo el conjunto, me quedo con instantes como el reencuentro entre Miles y su ex mujer y su momento de la verdad literaria, la pura representación de casi todos los actos afectivos del ex actor Jack, la mirada sabia del personaje de Virginia Madsen, el final… y esa pareja de gordos de clase baja follando como animales mientras en su televisor aparecen Donald Rumsfeld y George Bush.

Entre copas recuerda que, como un buen vino, tenemos el peligro de ajarnos si no nos abren a tiempo con cariño y delicadeza. Hay que haberlas pasado algo putas para entenderla del todo y retrata una California que no se recordaba, por exacta, desde el veraz cine de los setenta. Iniciada la década, en 2002, descubrí el talento de Alexander Payne a propósito de About Schmidt. Cuando se estrene The Descendants mis amigos y yo seremos de los primeros. Y luego, de vinos. Reeditado y corregido el lunes 3 de enero de 2011.

Texto relacionado: LOS DESCENDIENTES: Muerte absurda, vida absurda