jueves, diciembre 22, 2011

Adiós a Bert Schneider

Estos coleguitas con pintas de chulos fueron responsables de uno de los mayores terremotos que ha vivido Hollywood en su historia. Fue en los sesenta y lo que lograron difícilmente se volverá a repetir. Me acabo de enterar de que el lunes 12 murió el de la derecha, Bert Schneider, a los 78 años. El de la izquierda es Bob Rafelson, que sigue vivo y nació el mismo año que Bert, en 1933. Casi nadie sabe quién es Bert Schneider, pero fue de los pocos que lograron, como escribió Peter Biskind, que “hacer cine en Hollywood fuese realmente emocionante, la última vez que la gente pudo estar, y con razón, orgullosa de las películas que hacía, la última vez que una comunidad alentó el trabajo bien hecho, la última vez que hubo público capaz de sostenerlo”.

Schneider era un pijo, no nació en un arrozal. Su padre, Abraham Schneider, era nada menos que presidente de Columbia Pictures. Pero en vez de hacer lo que le aconsejaba papá, arriesgó. En 1965 fundó junto a su colega Rafelson la BBS, una productora con la que levantaron la serie The Monkees. Se forraron y con aquella pasta Rafelson y Schneider estrenaron su primer largo, Head, un disparate escrito por un tal Jack Nicholson. En 1969, y con Jack como secundario robaplanos, produjo Easy rider. Hollywood no daba crédito. Había costado 400.000 euros y lograron una taquilla de sesenta millones. Luego llegó Mi vida es mi vida, dirigida por Rafelson y con Nicholson como prota absoluto, La última película, dirigida por Peter Bogdanovich, Drive, he said, dirigida por Nicholson y El rey de Marvin Gardens, también dirigida por Rafelson.

Las últimas imágenes que he visto de Bert Schneider son patéticas, me dejaron con muy mal cuerpo. Ya anciano, pero conservando los expresivos ojos azules que volvieron locas a decenas de mujeres, hablaba emocionado y medio ido sobre Michael Jackson y Charles Chaplin. Demasiadas drogas, demasiados excesos y demasiados años desde que ese pijazo con ideales escuchase una gran frase de su amigo Bob: “El problema de hacer cine, Bert, no es que no contemos con gente de talento; lo que pasa es que no tenemos la gente con talento necesario para reconocer el talento”.

jueves, diciembre 15, 2011

Basura convertida en arte y arte en basura

Si pones Martin Creed en imágenes de Google lo primero que ves es esto, a una tía cagando sobre un sin fin blanco, una tía agachada y soltando un chorrete de mierda. A Creed, artistas multidisciplinar, también le gusta la gente vomitando. ¿Hay alguien más patético que el que dedica su vida a hacer eso? Pues sí: el que le paga y sobre todo el que intenta explicarlo. El experto. Muchas veces también el propio “artista”, más preocupado que los expertos por parlotear sobre su curro, más interesado en explicar su trabajo que en hacerlo.

Una tal Bea Espejo se adentró, para El Mundo, en la obra del frescales Martin Creed, uno de cuyos trabajos más famosos es Work N°. 88: Una hoja de papel A4 hecha una bola, de 1995. Según Bea Espejo “en su mensaje ya entrevemos su sentido del humor”. Él, cómo no, se explica, verbaliza su majadería: “Busqué la forma más perfecta de otra que no lo es, el rectángulo de una hoja de papel, así que traté de hacerla lo más redonda posible. El hecho de que fuera basura, algo que alguien ha tirado, también me pareció gracioso. Bueno, tal vez 'estúpido' sea más correcto. Si puedo hacer que mi trabajo sea más estúpido creo que será mejor”.

Comparto lo de estúpido para definir su trabajo. Y a él. Pero no acababa ahí su parloteo. Resulta que Creed pinta sin mirar. Y cobra por el resultado. Y lo expone. Pero sobre todo lo explica, no puede evitarlo: “Con la pintura era muy consciente de cada marca que hacía en el lienzo y de que cada movimiento se convertía en una reacción al primero. Es como cuando entras en una habitación donde hay mucha gente y eres educado porque quieres ser aceptado. Me pasaba lo mismo, quería que las nuevas pinceladas encajasen con las anteriores. En las series nuevas me cansé de 'ser educado', preferí dar pinceladas sin tener ni idea de lo que pintaba. Estos cuadros están más cerca de mí que otros. Con ellos me acerco más a la naturaleza o la esencia de las cosas”.

Leyendo las sandeces de Martin recordé el libro La palabra pintada, de Tom Wolfe. En él escribía que de repente los artistas se dedicaron a teorizar, una ocupación que les gustaba más que su propia expresión artística. Les perdía el parloteo. Un día Wolfe leyó a Hilton Cramer, director de la sección de Artes del Times, que decía sobre una exposición de pintores realistas: “El Realismo está falto de teorías convincentes. Y dada la naturaleza de nuestro comercio intelectual con las obras de arte, la carencia de una teoría convincente significa la falta de algo crucial: la manera de aunar en nosotros el conocimiento de las obras aisladas y la comprensión de sus valores inmanentes”. Y entonces Wolfe concluyó que desde entonces no se podía ir a ver un cuadro sin una teoría.

Leyendo las sandeces de Creed recordé también a aquella pobre empleada de limpieza que causó un daño irreparable en una galería de arte alemana al tratar de limpiar lo que creyó era una mancha y resultó ser una pieza de arte de un tal Kippengerger valorada en un millón de dólares. Hubiera pagado por ver lo que hacía esa gran mujer con Una hoja de papel A4 hecha una bola. Escrito la noche del martes 13 de diciembre de 2011.

lunes, diciembre 12, 2011

La metáfora despatarrada

Paseo de la Castellana. Cojo el autobús frente a Nuevos Ministerios. No me apetece sentarme porque el trayecto es mínimo. Me quedo de pie frente a una pareja que hace cuchicuchis. Aparenta quererse mucho, algo que me parece estupendo pero me empiezan a empalagar. Detrás de mi hay un señor de unos cincuenta, sentado. Mira como un zombie por la ventanilla y el asiento que tiene a su lado está vacío.

Harto de cuchicuchis, decido sentarme también. Me acerco al asiento vacío que tiene a su lado el cincuentón y me siento. Mejor dicho: INTENTO sentarme, porque parece muy complicado. El señor sigue tan abierto de patas como una paridora en el quirófano. Despatarrado, pasando del que pretende sentarse en los escasos centímetros que marcan la frontera de un asiento de plástico a otro. Ni una mirada, ni un carraspeo, ni una mueca. Seguía inmutable, como una parte de la carrocería del autobús.

Me senté a duras penas. Y, sí, podría haberme cagado en su puta madre, podría haberle dado dos hostias. Pero no lo hice porque aquel gilipollas me pareció, de repente, y sin que él lo supiese, una verdad material translúcida, pura, algo maravilloso en el fondo. Una metáfora con patas. Una maleducada metáfora despatarrada.

Me explico: ¿Cuántos millones, en lo que llamamos “género humano”, hay como él en todo el planeta? Y ya que estamos con explicaciones, ¿merecería la pena explicarle a semejante subhumano lo que es el prójimo, la comunidad, la sociedad, la civilización, el respeto colectivo, la igualdad, la democracia, el bien…? Un memo despatarrado en un bus camino de tu casa puede ser la mejor metáfora. Escrito el martes 6 de diciembre de 2011.

miércoles, diciembre 07, 2011

Funde a

Philip Yordan, muerto hace ocho años, fue un prestigioso guionista (Odio entre hermanos, Johnny Guitar y Más dura será la caída son algunos de sus mejores trabajos) al que el gran William Wyler le pidió acabar un guión en el que otro prestigioso escritor había estado involucrado. La película era la entretenida Brigada 21 y el otro prestigioso escritor no era otro que Dashiell Hammet.

Al parecer el pobre Hammet se había sentido totalmente bloqueado, nada le salía, nada funcionaba en su cabeza, definitivamente no era Brigada 21 su película. A Philiph Yordan le dieron el despacho de Hammet en Paramount (aquellos austeros despachos que aparecían en El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder). Al entrar en el despacho infrautilizado por Hammet, Yordan encontró algunos puritos en el escritorio y una máquina de escribir tapada con una funda.

Yordan levantó la funda y descubrió, curioso, una hoja de papel en la máquina de escribir. Decía lo siguiente: “Brigada 21. Página Uno. Funde a”. Eso es todo lo que había en aquel papel. Eso fue todo lo que escribió el pobre Dashiell Hammet en un mes y medio contratado por la Paramount. Ni una sola palabra utilizable. Escrito el sábado 3 de diciembre de 2011 y sacado de la revista Imágenes de actualidad.

lunes, diciembre 05, 2011

Grandes diálogos: Los Soprano

Voy a centrarme en un extraordinario diálogo de la citada serie. Es del episodio 8 de la primera temporada (escrito por Frank Renzulli y David Chase, a su vez creador de la serie), que habla de los italoamericanos. De los legales (20 millones) y los ilegales (la mafia). Los protagonistas de la secuencia a la que me voy a referir son Paulie Gualtieri y Christopher Moltisanti, que en este capítulo empieza a sacar la patita, empieza a asomar el gran personaje que conoceremos durante toda esta grandiosa serie.

En esta secuencia Paulie descubre a Christopher en su casa, rodeado de colillas y de latas de refresco estimulante. Está intentando escribir un guión sobre su experiencia en la mafia y está atascado, sólo ha escrito 19 páginas. Preocupado por él, Paulie le pregunta qué coño le está sucediendo. Christopher contesta:

C: Los libros de guión dicen que cada personaje tiene su arco, ¿comprendes?

Paulie le contesta con el gesto de negación. No comprende.

C: Todos empiezan en un punto y luego hacen algo que cambia su vida. Eso es un arco. ¿Dónde está mi arco?

Paulie contesta con otro gesto, esta vez de duda.

C: Tomemos el ejemplo de El fugitivo. No, ese no es bueno. Su arco es correr, saltar, correr, saltar… Keanu Reeves en Pactar con el diablo. ¿La recuerdas?

P: Ya veo.

C: Vale. Keanu es un abogado y le seduce el dinero, el poder y el demonio. Su mujer le dice: “No eres el hombre con quien me casé”. Y se larga. ¿Ves el arco? Empieza abajo y acaba arriba. ¿Dónde está mi arco, Paulie?

P: Muchacho… El fugitivo, El diablo como se llame… todo eso es cine. Eh, yo tampoco tengo arco. Nací, crecí, estuve unos años en el ejército y otros en chirona. Y aquí estoy, hecho un matón. ¿Y QUÉ?

viernes, diciembre 02, 2011

Una industria así

Me enteré hace poco. Resulta que en Las Vegas los representantes de las grandes cadenas de televisión norteamericanas escogen a varios turistas al azar, gente de todo el país que van allí a jugar, a casarse, a hacer el hortera o todo a la vez. Estos turistas, comprados con cheques regalo de diez dólares, aceptan registrar sus reacciones en una pantalla electrónica mientras ven un piloto de televisión en primicia mundial. Si la nota de estos turistas es muy baja el piloto está herido de muerte.

El trabajo del productor, del guionista, del director, de los actores y de los técnicos depende de las reacciones y los gustos de unos turistas en Las Vegas, tipos con el absurdo don de juzgar trabajos que han tardado meses o años en levantarse. ¿Merece la pena trabajar en una industria así?

La pregunta vale sobre todo para España, país con una industria televisiva vieja, conservadora y vulgar. Si alguien quiere hacer algo osado o de calidad en nuestra tele lo lógico es que se desengañe pronto. Lo que le van a pedir no son esas grandes series que se baja por Internet y nadie emite en España. Lo que le van a pedir es chabacanería, sainete y culebrón. Y no sólo porque algunos ejecutivos pidan sólo ese material de deshecho, sino porque a muchos televidentes LES ENCANTA esa televisión, les hechizan los giros del culebrón guerracivilesco de la tarde, lo divertidísima que es Aída con flatulencias, los chicos descamisados de El barco o lo tronchante que fue el monólogo de Pepe Gonorrea sobre ligar mientras paseas al perro. El problema no sólo está en los despachos de las cadenas, está también en los bares y en las salas de estar.

Y lo que más hay, más que mal gusto y mezquindad, es miedo. A lo nuevo, a probar, a cambiar, a fallar. Mucho miedo. Se lo leí hace poco a David Milch, creador de la prestigiosa serie Deadwood, en el libro Writing The Tv Drama Series: “Si un equipo funciona a partir del miedo, de la desconfianza hacia el público o hacia las personas responsables del trabajo, todo eso se refleja en el contenido del material". Qué gran verdad. Escrito el domingo 27 de noviembre de 2011.