
Una pregunta pertinente: Jack había sido testigo y protagonista de la última era dorada del cine de Hollywood, la de todos aquellos dotados y apasionados cineastas, los últimos a los que se les dejó dilapidar fortunas haciendo cine de verdad, no basura para púberes. La anécdota de los sillones es aparentemente trivial, pero da una idea del tipo que puede ser Jack. El libro ‘Jack Nicholson, Cómo Jack se convirtió en la estrella de cine más importante de los tiempos modernos’ intenta hacerse más ideas. La amplía documentación que aporta Dennis McDougal, periodista del New York Times, es un exquisito chuletón al que sólo le sobra el sebo de los líos de faldas.
Uno de los primeros lugares comunes que McDougal desbarata es el aura de suerte con la que supuestamente vivió Jack, esa leyenda que cuenta que fue llegar Easy Rider y convertirse en una estrella mundial. No fue así de fácil. En la treintena, Jack estaba a punto de tirar lo toalla. Escribía y malvendía guiones, trabajaba en lo que saliese a media jornada, holgazaneaba fumando hierva. “Que no me veas teclear no significa que no esté escribiendo”, le dijo a una de sus primeras mujeres. ¿Les suena la frase? También se negaba a trabajar en la televisión, se presentaba a castings y soñaba con dirigir.

Entre todos sus grandes camaradas destacó siempre el iluminado Dennis Hopper, que, igual que Jack, se coló en el ambiente pijo y también en los repartos de Johnny Guitar, Rebelde sin causa o Gigante. Paradójicamente, fue Hopper quien se negó a incluirlo en el reparto de Easy Rider. Al final cedió. En pleno rodaje, los dos, puestos hasta las patas, fliparon encima de la tumba de D. H. Lawrence. “¡Somos unos genios, somos unos genios, Hoppy!”, aulló Jack. Como dijo papá Fonda, “Easy Rider costó tres centavos, recaudó una fortuna y Peter no tuvo ni que subirse a un caballo”. En Cannes aplaudían a rabiar y el viejo Hollywood hacía las maletas para el asilo.
Pero años más tarde, lo que representó aquel abogado por los derechos civiles de Easy Rider, o aquel simbólico alborotador de Alguien voló sobre el nido del cuco, o aquel cínico investigador privado de Chinatown mutó. Jack se convirtió en una satánica pero amable caricatura para la industria, que en los ochenta volvió a tomar el control para no perderlo más. Se rodeó de aduladores, de abogados, de cocineros personales, de modelos, de putas de lujo, de hijos tan ilegítimos como él, de salas VIP donde rulaba farla de primera, de estaciones de esquí, de exclusivos clubs de golf, de baños en la Costa Azul, de sueldos obscenos, de desbocados porcentajes en taquilla. Se convirtió en un Gatsby mefistofélico que hasta llegó a apoyar al presidente Bush en la invasión de Irak en 2004. En las cartas al director de Vanity Fair, un lector escribió con brutal certeza: “Enhorabuena a Jack Nicholson por su brillante transición entre los comprometidos sesenta y la Década del Yo. El señor rebelde es el epítome del señor Hollywood”.
EL SEÑOR DE HOLLYWOOD (Y II)
MUERE DENNNIS HOPPER
OLVÍDALO TODO. ES CHINATOWN
Escrito la noche del lunes 24 de mayo de 2010.
3 comentarios:
Maravilloso post. :-)
Jack es grande. Nunca me ha parecido tan buen actor como tú has sostenido siempre. Yo siempre lo he visto como el José Luis López Vázquez yanki, salvando las distancias. Pero eso no quita para que sea un grande del cine.
Leo: Gracias friend. Jack suele hacer de Jack, sí... pero ¡me encanta! Nunca será como Brando o Pacino, pero creo que tampoco lo ha buscado. Y tampoco Brando o Pacino serían capaces de hacer lo que él hace.
...me encanta lo de Gatsby mefistofélico
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