
Alexander Payne, que desde Entre copas se ha centrado en la producción y no ha vuelto a estrenar un largometraje (en breve nos llega The Descendants), logró una película valiente, incorrecta, puntillosa y detallista hasta la envidia (porque tú también quieres escribir así algún día) o el pavor (por verte tan certeramente reflejado en ese retrato de perdedores desorientados que tanto se engañan). Con sólo cuatro personajes centrales, la película logra un fresco generacional que amas y odias, como a ti mismo y a tus seres queridos, como si te plantaras ante una especie de cine-espejo. En su proyección, miras a los tuyos y te miras reconociendo muchas miserias y valores compartidos en la pantalla. Y eso hoy es, literalmente, un jodido milagro.
Su guión, escrito por Payne junto a su amigo Jim Taylor y basado en la novela de Rex Pickett, es un portento en el manejo de los valores de la tragicomedia, el realismo social, una nihilista filosofía, la profundidad psicológica y hasta un humor descacharrante. Los detalles, a patadas, de su escritura, construyen una amistad entre dos tipos aparentemente odiosos -un escritor frustrado tendente a la pedantería y un ex actor que piensa con la polla- pero tan humanos que acabas adorándoles. Los dos, acotados por un código moral privado, se quieren a pesar de que ninguno “entienda el juego” del otro. Los dos están plagaditos de carencias y por eso son sencillamente de verdad como lo son las chicas, absolutamente creíbles.
Entre copas utiliza en sus geniales diálogos la metáfora del vino y su decisiva elaboración para hablar de las personas, pero lo hace lindando el límite de la pedantería, sin cruzar nunca esa delgada y tan peligrosa frontera. Las acertadas citas a Bukowski, Toole o Las uvas de la ira, de Ford, están bien integradas, casi no se notan. Otro milagro. Entre todo el conjunto, me quedo con instantes como el reencuentro entre Miles y su ex mujer y su momento de la verdad literaria, la pura representación de casi todos los actos afectivos del ex actor Jack, la mirada sabia del personaje de Virginia Madsen, el final… y esa pareja de gordos de clase baja follando como animales mientras en su televisor aparecen Donald Rumsfeld y George Bush.
Entre copas recuerda que, como un buen vino, tenemos el peligro de ajarnos si no nos abren a tiempo con cariño y delicadeza. Hay que haberlas pasado algo putas para entenderla del todo y retrata una California que no se recordaba, por exacta, desde el veraz cine de los setenta. Iniciada la década, en 2002, descubrí el talento de Alexander Payne a propósito de About Schmidt. Cuando se estrene The Descendants mis amigos y yo seremos de los primeros. Y luego, de vinos. Reeditado y corregido el lunes 3 de enero de 2011.
Texto relacionado: LOS DESCENDIENTES: Muerte absurda, vida absurda
4 comentarios:
Tendría que darle una nueva oportunidad a esta película, porque (no me pegues, rei) a mí me pareció una TV movie venida a más, tal vez ahora que tengo algún añito más le vea todas esas cosas que tú dices, :-D
Mks.
Awake: Hazlo.
Me ha encantado tu entrada Iván. Es sin duda una de mis películas preferidas.
Trilce: Me alegro mucho. Besos y a ver si caen unos vinos.
Publicar un comentario