lunes, agosto 18, 2008

CONTRA LA FELICIDAD

En este mundo donde toda tristeza se pretende resolver con una pastillita, con un libro de autoayuda, con una sesión con el loquero, el párroco, el maestro oriental o la pitonisa, o comprando lo último que te ha dicho la tele, es bienvenido un libro como ‘Contra la felicidad, En defensa de la melancolía’, de Eric C. Wilson. Lo recomendó Otis en su blog y ha sido uno de los libros que he leído con gusto este verano. La única pega que le pongo es que en ciertos pasajes se repite y tiende, además, a convertirse en lo que ataca: un libro de autoayuda. Si hubiese logrado un “libro de autodestrucción” estaríamos ante una obra mayor.

Aun así, merece la pena leerlo. Wilson, cargando especialmente las tintas contra su “feliz” país, los EEUU, empieza con una alarma: la mayoría de las grandes obras del hombre han nacido desde la melancolía, desde la tristeza, la duda, el conflicto. Van Gogh, Goya, Kafka, Proust, Miguel Ángel, Claudel, Buñuel, Polanski, Beethoven, Dylan… Cada uno puede poner sus melancólicos favoritos. Obras y creadores que ha dado la humanidad… ¿hasta hoy? Escribe Wilson que “es posible que no estemos lejos de acabar con la gran fuerza cultural que desde lo más profundo impulsa la invención, con la musa que ha inspirado una gran parte de las bellas artes, de la poesía y de la música. Deseamos, con el más disoluto y lascivo de los ánimos, librar al mundo de muchas ideas y visiones, de múltiples innovaciones y reflexiones. Aniquilando la melancolía”. ¿Dónde está la madurez melancólica en los libritos, juegos, blogs, películas y programas actuales? Hoy hasta la política apuesta por la planicie de lo “feliz”. Y si no, comparen a dos grandes estadistas melancólicos como Churchil o Lincoln con dos insulsas caras publicitarias como ZP u Obama.

Se dirá el lector: ¿Quién quiere estar deprimido en vez de ser feliz? Para empezar, ¿dejar de estar deprimido te transforma en un ser feliz? ¿Y qué coño es ser feliz? Wilson diferencia bien entre depresión y melancolía: “La depresión causa apatía. Por el contrario, la melancolía genera una turbulencia en el corazón que desemboca en un cuestionamiento activo del presente, en un deseo perpetuo de crear nuevas formas de ser y de ver. Nuestra cultura parece confundir las dos y, por tanto, trata la melancolía como un estado aberrante, como una amenaza infame para nuestra idea generalizada de felicidad, de la felicidad como gratificación inmediata, como confort superficial, como satisfacción estática”.



En uno de los tropecientos canales de la tele jamás escucharemos “tienes derecho a estar triste, jodido”, sino todo lo contrario: “Disfruta, sé feliz, tienes derecho”. Hay campañas publicitarias que hablan de eso literalmente: de derechos. Derechos, claro, sólo para gastar, comprar, consumir. Como bien recuerda Wilson, John Locke afirmó que todos tenemos derecho a “la vida, la libertad y… la propiedad”. Esta sentencia inspiró la Declaración de Independencia de los EEUU. Y en esa ecuación funcionan los USA y nosotros: felicidad = propiedad.

Los melancólicos, club al que pertenezco sin rubor, no rehuimos la tragedia, la tragedia es necesaria, hay que asimilarla frente a la felicidad de goma, cobarde, impostada. “La mayor tragedia es vivir sin tragedia. Abrazar la felicidad es odiar la vida. Amar la paz es aborrecer el ser: la tristeza es una pista hacia lo sublime. El abrazo de la sombra atiza el corazón”.

¿Qué se puede esperar de un mundo, el occidental, que ha maquillado nada menos que a Cristo? ¿Cómo es posible que Jesús aparezca ante nosotros como una limpia deidad, fácil, blanca, algo de otro mundo, transparente, sin turbulencias, poderosa, como un seguro de vida? Escribe Wilson que Cristo supo que debía torturarse, dudar, entrar en las sombras para salvarse. En el huerto de Getsemaní experimentó una aguda angustia y en la cruz gritó: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. “Sólo un hombre con unas dudas terribles entonaría una pregunta tan desesperada”. Cristo, manipulado por los predicadores, fue uno de los primeros melancólicos.

Hace bien poco, y tras una discusión, dos personas muy cercanas me dijeron que tengo un pensamiento destructivo, pesimista, sombrío, negativo. No usaron, claro, la palabra melancólico. Eran hombres “felices”, esos que tienden a “reducir por cocción sus propios problemas”. Así ataca Wilson a este tipo de mentalidades: “Cuando estos tipos experimentan ese terrible deseo de lo que han perdido, cuando sienten esos difíciles odios a lo que nunca volverá, caen en algún tipo de cliché afirmativo sobre lo buena gente que son y lo mucho que merecen ser felices. O cogen su libro favorito sobre la felicidad, o ese libro superventas sobre la sabiduría de los niños. Y vuelven a salir al mundo, radiantes de poder. Ojalá esos tipos pudieran aprender a sentarse un rato con sus inevitables ansiedades”.

¿Qué pasa hoy con los sentimientos? ¿Por qué existe, en algunas de mis relaciones, una negativa a comprometerse con ellos? ¿Por qué todo es tan… limpio? ‘Contra la felicidad, En defensa de la melancolía’ ataca valientemente a la juventud actual, generación X, Y o Z, da lo mismo. Sobre los veinteañeros y treintañeros, dice: Estas generaciones “han visto y hecho de todo (‘he estado allí, he hecho esto’) y está infestada de burla (‘sí, vale’). Adoptan la distancia. No importa lo conmovedora que sea una experiencia, puedo observarla desde fuera y burlarme. Nada que se acerque a lo real me toca. Me quedo al margen y comento, pero nunca participo. Debemos cuestionar la ironía lenguaraz que gobierna nuestra cultura. Pese a su causticidad y su neurosis, el afectado irónico es un tipo totalmente desapegado, desarraigado, alguien que niega que haya que tener sangre y agallas. No es más que un aficionado a encogerse de hombros, un falso pseudoguay, un escéptico, un cortesano del desprecio”.

Al leer todo esto, qué cercano me sonó todo…

Puedes leer AQUÍ la entreda de Otis sobre este libro.

Escrito la noche del 16 de agosto de 2008.

2 comentarios:

Manuel G. dijo...

Hay alguna cosa que no sé si comenta el libro o tu comentario sobre el libro:

Para ser un desgraciado, el camino más directo que hay, es querer ser feliz.

Es decir, querer ser feliz a toda costa es lo que crea la infelicidad.

Quizás haya otra opción aparte de esa dicotomía que plantea el libro felicidad/melancolía, que para mi sería una tercera opción, quizás la mejor: el sosiego.

Vivir prudentemente sin euforías desequilibradoras, conciente de los problemas que te rodean, yo creo que es mucho mejor tanto de la felicidad como de la adicción a la tragedia.

Y otro aspecto; hay una frase por ahí de Ionesco que viene a decir algo así como que "la felicidad provoca en las personas una falsa seguridad y por tanto una expansión de la agresividad"

Es decir, también puede ser la felicidad una fuente de maldad y agresividad.

especies dijo...

"But this was how Paris was in the early days when we were very poor and very happy."

Ya que estamos con escritores americanos, hoy toca Hemingway.