martes, septiembre 02, 2008

ACO

En familia, a mi abuelo siempre le hemos llamado Aco. Él se llama José Manuel, pero cuando yo era un bebé, me concedieron la gracia divina de bautizar, renombrar a la gente, más poder que la RAE o que un alcalde ante su callejero. Dios en el cielo, Iván en la tierra.

No fui un niño muy original que digamos. Como mi madre era Ama y mi padre Aita, nombres obligados en aquellas estaciones nacionalistas de mi Bilbao natal, mi abuela fue A…ca, femenino, y mi abuelo A…co, masculino. Y me quedé tan ancho. Desde entonces, y por la gracia del primer nieto, una monería rubia, toda la familia cercana los llamaba así, Aco y Aca, sin discusión. Por mis dones de nieto mayor, mi pobre hermano Natxo no tuvo el derecho de bautizar a nadie.

Mi abuelo no era muy listo. En su tarjeta de presentación como comerciante textil ponía “José Manuel Pascual, Diplomático Comercial”. Y mi abuelo no era diplomático de nada, pero a él le gustaba toda esa farsa que nada significaba, pero aparentaba. Aco fue muy de aparentar, superficial, racista e intolerante con sus hijos. No era leído, no era inteligente, carecía de conversación adulta. No me legó ninguna biblioteca, experiencia didáctica o lección vital alguna. Y era bastante facha. Pero Aco era mi único abuelo vivo y yo su nieto preferido.

Este verano, tomando los vinos con mi amigo RO en Santoña, hablamos de la importancia de los abuelos en aquellos páramos de la infancia. Los dos coincidimos: la casa de los abuelos -“de los Acos”, como también bauticé- fue fundamental en nuestro rumbo y significó un oasis en el desierto de los juicios, ideas, valores y obligaciones del padre, tan necesarios entonces como negados más tarde.

Así fue. Un fin de semana en la casa de mis abuelos significaba estar en pijama hasta el domingo sin que nadie te dijese nada. De mayor lo he repetido, y esa excentricidad no sabe igual que de peque. Aquella casa en Henao 25 significaba chocolates, patatas fritas y croquetas hasta reventar, películas de madrugada o media docena de sobres de papel con soldaditos de plástico que desplegabas por la mesa del gran salón, que permanecía inutilizable porque el niño tenía allí a sus ejércitos. A mí, de pequeño, me dejaron jugar a ser Wellington.

Aco no sólo me compró decenas de aquellos míticos sobres con soldaditos, también me contó cuentos clásicos con la paciencia que sólo recuerdo en mi santa madre, Ama, hija de Aco. Y no lo hacía nada mal para ser un facha y un hombre nada leído. Imagino que la sencillez de las narraciones, siempre acompañadas de ilustraciones infantiles, le ayudaba.

Aunque “la casa de los Acos” siguió siendo un lugar de peregrinaje para poder confesarme y denunciar las polleces que escuchaba y veía en la maldita ikastola, me fui alejando de Aco, sobre todo con la llegada de mi borrascosa adolescencia.

Ya bien superada esta etapa, una tarde mi abuela me llamó para tomarme algo con ellos en Brisa, la santoñesa terraza de verano donde jugaban al dominó. Mi abuelo me besó y me miró con extrañeza. No me reconocía. En plena conversación, observó unos yates que estaban amarrados en el puerto del Puntal de Laredo. “Qué bonitos esos… con sus… esos… ¿eh?”. Aco se había olvidado de mí y de la palabra barco. Más tarde se olvidó también del nombre con el que yo le había agraciado. Y del dominó. Y de todo lo demás.

Hoy Aco descansa en una residencia fetén. Está bien cuidado por enfermeras y Ama y Aca lo visitan todas las semanas. Yo no he ido nunca. Ni iré. Mi madre no me dice nada del asunto, pero en el fondo le duele, y me lo reprocha. Le he explicado que quiero quedarme con el recuerdo del hombre entero que me compraba aquellos soldados y me leía aquellos cuentos. Creo que no ha colado.

Algún día contemplaré la urna de sus cenizas, donde no pondrá Aco, sino José Manuel Pascual.

Actualización: Aco murió en abril de 2009. En su funeral el cura lo llamó "Juan Manuel" Pascual tres veces. No llegué a ver sus cenizas. No asistí a su incineración.

Fotos: Aco, sobres Monta-Man y los hermanos Reguera con él.
Escrito el 29 y 30 de agosto de 2008.

11 comentarios:

dani dijo...

Muy barojiana, la descripción familiar

Juan Antonio dijo...

Ivan, algún día podrías explicar que es lo que de verdad en las ikastolas...

Leo dijo...

No hay nada peor que perder la memoria, desde luego. Y estoy contigo en que el último recuerdo que se ha de tener de los seres queridos es el de lo que una vez fueron, no el de sus ruinas (con vida o no, da igual). Yo mismo me negué a acudir a los funerales de mi abuela materna cuando falleció, ante el tremendo mosqueo de la familia y el enfado, directamente, de muchos familiares que no entendieron mi postura. debe ser que con 19 años me consideraban mentalmente incompetente para razonar esas cosas, que no para razonar directamente. Yo siempre estaré convencido de haber hecho lo correcto: a mí me queda el recuerdo de una gran persona; a ellos les queda algo peor. Pues que se jodan. Y mi abuela seguramente diría lo mismo, guiñándome el ojo de forma cómplice xD.

Tarquin Winot dijo...

Ahora que soy padre he podido observar de cerca lo que supone una nieta para sus abuelos, que, desde el nacimiento de la pequeña han dejado de ser padres para convertirse en abuelos.

Parecen empezar de cero. Y como todo comienzo, es titubeante, pero intenso. Prestan toda su atención al paquetito que se remueve en la cuna. Desean hacerlo todo y, al mismo tiempo, no quieren interferir, pero, no pueden evitarlo y achuchan, besan y mecen a la nena como si, nunca jamás lo hubieran hecho.

Es un placer ver sus caras colmadas de felicidad y en sus ojos se adivina que, en esos fines de semana a los que te refieres, malcriarán a la heredera y acabarán con tus esfuerzos semanales de disciplina y enriquecedora rutina. Francamente, no me veo con autoridad para privarles de eso. Se lo merecen.

trilceunlugar dijo...

creo que la figura de los abuelos siempre será la que nos devuelve nuestra imágen más amable, por eso creo también que es necesario verles de vez en cuando, para devolverles un poco de toda su generosidad.
Qué bien escribes Iván!

IVAN REGUERA dijo...

Dani: ¿Tú crees?

Juan Antonio: Algún año de estos escribiré un libro sobre el tema. Y ya no podré pisar Bilbao, claro.

Leo: Tu abuela se descojonará. Yo también las monté en bautizos y funerales.

Tarquin: Haces de puta madre. Los abuelos están para malcriar.

Trilce: Decisiones como esta mía no son fáciles, podría ir a hacer el paripé perfectamente, pero no. Y gracias.

Leo dijo...

IVÁN: Yo de mi abuela me quedo con los improperios que le dedicaba al Almodóvar y a su troupé de "machos cabríos. Putas y maricones es lo que son todos", como ella los definía. Vale que no era muy liberal de pensamiento, pero las carcajadas que me hacía soltar no me las quitará nadie, eso fijo xDDD.

Y yo tampoco voy a la boda de ningún familiar ni a celebraciones similares, que me dan ascazo. La última creo recordar que fue la de uno de mis hermanos mayores, y fui el último en llegar y el primero en pirarme de allí. Ya ni me invitan, y mejor, porque así me ahorraré una pastizarra en mi boda ;-) xDDD.

Awake at last dijo...

Pues yo sería incapaz de NO ir, de hecho lo he hecho más de una vez y más de dos (y en cada visita he aprendido algo nuevo de la vida), y a no ser que ocurriera un milagro, acabaré teniendo que visitar mi padre en un sitio parecido, espero que lo más tarde posible. Y no por paripé precisamente (creo que a estas alturas sabes que antes de aparentar soy capaz de cortarme una mano), sino porque creo que aquellos a quienes conocí, pese a que hayan perdido la cabeza, siguen manteniendo una mínima esencia primordial por la que vale la pena darles todo el cariño posible.

Pero, por supuesto, entiendo y respeto que ante todo cada persona se debe relacionar con su familia del modo más sincero posible.

En fin...

Mks.

Natxoman dijo...

Espero que no te siente mal mi más sincera opinión. Creo que este texto está fantásticamente escrito y es muy expresivo. Creo que siendo sobrio tiene un marcado caracter emotivo, sin caer en el melodrama. No ensalzas la personalidad de Aco, pero creo que te vales de una situación dramática, que no te conmueve especialmente, con fines artísticos.
Eso o te odio por bautizar a la peña. Besos, hermano.

IVAN REGUERA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
IVAN REGUERA dijo...

Natxoman: No me ofendes en absoluto, hermano. Y es totalmente cierto que el presente no me conmueve especialmente, aunque mis recuerdos son como los he desrito.