jueves, noviembre 11, 2010

El gusano

Estaba con Carmona tomándome un par de vinos después del trabajo. Eran las ocho de la tarde. Hablando con mi amigo, y no recuerdo ahora por qué razón, me metí con Pablo Sidecar, un gracioso de la tele que dice hacer humor. Cuando iba a cambiar de tema, una mujer de unos cuarenta mal levados me miró y dijo: “Yo fui novia de Pablo Sidecar”. Y se quedó mirándome, con los ojos como platos, ida, como si me hubiese revelado algo grandioso. A su lado había un maromo que se reía como un autista. Me importaba un cojón lo suyo con Sidecar, pero la observé. Su mirada era un poema, el alcohol jamás crea una mirada como esa. Carmona, un señor, le siguió el juego. Su acompañante, que le seguía el rollo y quizás querría follársela, preguntó por nuestro currelo.

“Trabajamos en una agencia. Entre amigos”. “Yo estuve en una muuuuuuy grande”, dijo ella. “En MaCandemore”. Y volvió a proyectar aquella mirada. En Madrid encuentras unas cuantas de esas de vez en cuando. Mi ciudad es un filón para esas miradas. Seguí informándola: “MaCandemore es muy conocida, pero nosotros estamos en un nivel menos…”. Se rascó la napia y se atusó el poco pelo que cubría su cerebro. “Había días que entraba el viernes y salía el domingo porque teníamos que hacer una presentación a un cliente...”. “También nosotros tenemos momentos de agobio, es normal”, interrumpí. “Lo mío no lo era, niño”, respondió.

Se tomó esa licencia. “Niño”. Me dieron ganas de tratarle como a mi abuela. “Yo era entrar en el ascensor y me caían chorretones de sudor por la cara, ¡de los nervios!”. Esto lo dijo con una teatralidad que ni Isadora Duncan puesta de ácido. “A esos niveles ganaste mucha pasta, imagino...”. “Muchísima pasta. Ahí tengo el BMW aparcado. Llevamos aquí desde las cuatro”.

Ella se aferraba a la enésima birra y él nos miraba de forma corrupta. “El gusano”. Ella se conformó con escupir esas dos palabras, no dijo más. Sus ojos volvieron a mirarme con hambre de no sé qué. “Gu-sa-no”. Ahora era sólo una, iba empeorando. Me empecé a cabrear, no sentía ya ninguna compasión por ella, me estaba empezando a dar asco.

“El gusano de aquella campaña contra la droga… ¿Recordáis? ¡Se me ocurrió a mí! ¡Yo pensé el gusano!”. “El de la coca, que se metía por la nariz de alguien. Muy efectista”, dije. “No, efectivo”, dijo ella. “No, efectista. Me temo que la gente no dejó de meterse filas por aquel anuncio. A mí hasta me han ofrecido ‘un gusano’ en alguna ocasión”.

El maromo que la acompañaba dio su ilustrada aportación a la conversación: “Pero todo el mundo lo recuerda, ¿no?”. Volví a la carga: “Todo el mundo recuerda a Gengis Kan”. Pagamos los dos vinos con prisa y nos piramos con un “taluego”. A la salida vimos el BMW plateado de la mujer e imaginé que lo próximo que tendría en la puerta del bar sería una ambulancia. De camino a casa pensé en la cantidad de gente que me he encontrado con ese “yo pensé”, “yo hice”, “yo dirigí” o “yo escribí”. Y que fue lo único. Y lo último. Escrito el martes 9 de noviembre de 2010.

6 comentarios:

Tu troll dijo...

¡Eh, eh, lo veo! ¿Qué tal "El gusano (the worming)", El Musical? Va, dale una vuelta y lo movemos.

napalm dijo...

No hay nada como un ligero pasado tormentoso e "info-célebre" para comportarse como una niñata de...de...de...trece años!!!!

Quítala! Quítala!, que diría Kundera, quítala toda esa capa de basura auto complaciente y qué te queda?

Spot Scrooge dijo...

Parece un cuento de Dickens: la fantasma de las navidades pasadas diciéndote lo mal que se asimila conseguir fortuna y gloria a costa de las debilidades ajenas, y que éstas sean en realidad debilidades propias.

Awake c.G.a. dijo...

MUY Mad Men la escenita, ufff...

Mks.

Explorador dijo...

Juer, pues triste vivir de una idea fugaz de hace años...

Bosco dijo...

A mí, sobretodo con desconocidos, me da vergüenza contar historias de las que me siento orgulloso. Es como si al compartirlas me las robaran. Sin embargo, me encanta atribuirme historietas de sin vergüenza. Esas las regalo. Elegir historias distintas de vida no tiene precio.