lunes, diciembre 31, 2012

Un septiembre


Esta foto la ha colgado mi amigo Pablo en un grupo de Facebook dedicado a mi vieja pandilla santoñesa. La instantánea está sacada poco antes de que yo fuese aceptado en el grupo. Yo era entonces un veraneante bilbaíno en tierras cántabras, un chaval que vestía como un viejo, un rarito que no conocía a nadie, que le gustaba Marlon Brando, que leía el periódico en el autobús y que solo bajaba al pueblo para ir a clases particulares, al mercadillo de libro antiguo en la Plaza de San Antonio y al cine. El pueblo tenía tres.

En aquellas clases particulares conocí a un tipo llamado Giuseppe, un genovés muy cara dura pero divertido. Él siempre me hablada de sus amigos, de su pandilla. Yo cada tarde regresaba a mi casa y fantaseaba entrando seguro y sonriente en los bares del pueblo con mi clan, con los míos. Cada tarde esperaba que Giuseppe me lo dijese: “Te los voy a presentar”. Cuando creía que el día nunca llegaría, un septiembre llegó. Y dijo las cinco palabras exactas: “Te los voy a presentar”.

Nos conocimos en un garito discotequero que ha cambiado de dueños y de nombres varias veces. De fondo se escuchaban españoladas, algo de Guns & Roses y temas de Technotronic, Chimo Bayo, The KLF y The Farm. Ya saben, toda es mierda. Saludé a todos con la mano, inseguro y expectante. Todo fue bien. Esa noche, no muy borracho pero apestando a tabaco, cerré con mucho cuidado la puerta de la casa de mis abuelos, donde dormía cuando me quedaba en el pueblo. Lo hice con una sonrisa deslumbrante. Tenía pandilla.

Después llegaron las carreras con las motos y ese genial pestazo a gasolina que se mezclaba con el olor a mar de la bahía. Y los recreativos, y las borracheras legendarias, y las fiestas salidas de madre, y las grabaciones chorras con mi cámara vídeo, y los discos compartidos, y los conciertos… Hoy muchos han desaparecido de mi vida y casi todos nos hemos separado, hemos elegido otros caminos, otros grupos, otra gente. Como todo el mundo, supongo. Pero todos podríamos ser los personajes de una bonita novela de amistad veraniega. Algún día se los voy a presentar. Escrito el domingo 30 de diciembre de 2012.

jueves, diciembre 27, 2012

Cine y Música de Salvat


Se han portado bien este año en mi cumple, y el de la foto es el regalo que me ha hecho más ilusión. Me lo ha regalado mi viejo, que tiene alma de fenicio y le encanta merodear en el rastrillo dominical de Santander, en el túnel de Pasaje de Peña, quince años ya animando las mañanas a santanderinos y visitantes. Mi padre trasteaba entre chatarra, libros amarillentos y ornamentos grimosos -algo que le vuelve loco- cuando descubrió estos vinilos que le sonaban de algo, de cuando yo era un crío, de mis primeras incursiones en el mundillo sountrack.

Ahí estaba, y en perfecto estado de conservación, más de la mitad de la colección Cine y Música de Salvat, que era cosa muy seria en aquellos ochenta de enciclopedias que hacían bulto en las salitas o de bergantines a montar por entregas que fenecían inacabados en habitaciones infantiles. Cine y Música se vendía con sus fascículos, que luego se encuadernaban y se convertían en otra enciclopedia para hacer bulto.

El que llevaba el puesto en el mercadillo no era un coleccionista habitual de ese lugar, sino un gitano que ni sabía lo que tenía, ni lo que podría costar ahora la colección. Y ahí entró mi padre el fenicio, que seguro se lo sacó por un precio de risa. Menudo es.

Vista ahora, parte de la colección resulta muy inocente, tiene una selección a veces acertadísima y otras veces infeliz, depende el disco. Pero lo mejor de Cine y Música de Salvat es que, salvo en rarísimas ocasiones, todos los temas son originales. También que fueron tremendamente pretenciosos, quisieron abarcarlo todo: lo mejor del cine musical, de terror, de gangsters, del oeste, del espacio, la música clásica en el cine, lo mejor de James Bond, lo mejor de Disney, Jesucristo en el cine… Y luego bandas sonoras enteras, como Carros de fuego, El último tango en parís, Psicosis, El mago de Oz, West Side Story...

Años más tarde de su estreno, ya en los noventa, Cine y Música tuvo su versión en CD, pero ya no era lo mismo, aunque tengo algunos de aquellos compactos que seguro también tendrá mi amigo NAPALM. Fueron los vinilos, entre ellos los de Cine y Música de Salvat, los que encendieron la vela de nuestra amistad, más bien un gran cirio. Perdonen la pedantería. Nos conocimos en clases particulares de latín, un verano, hace ya siglos. Yo no tenía ni zorra de aquella lengua cadáver, ni me apetecía saber nada. Nunca supe nada de latín, pero siempre aparecía en aquel piso donde dábamos clases con bandas sonoras debajo del brazo. Las compraba en Jorbi (Santoña) o en Drope (Santander), los dos comercios ya desaparecidos y los dos del mismo propietario: José Vidán.

Y, claro, NAPALM vio algo interesante en aquel tipo raro que se parecía a él. Era de esos raros que se ponía bandas sonoras en el cuarto hasta que su padre le gritaba para que estudiase algo o se durmiese, de los que escuchaba hasta altas hora de la madrugada a Pumares en la radio, de los que abandonaba a los amiguetes que andaban “de litros” porque a la una y veinte de la mañana echaban Pasión de los fuertes en La dos ¡y encima en versión original!

De ahí pasamos a los cafés, de los cafés a los vinos, de los vinos a los cubatas y de los cubatas a una amistad casablanquera. En cuanto le vea le voy a enseñar mis vinilos. Para que se pudra de envidia, más que nada. Ah, y que no se me olvide: Gracias, viejo. Escrito el miércoles 26 de diciembre de 2012.  

jueves, diciembre 20, 2012

CLAUDIA

El lunes pasado, con fiebre, me puse a ver uno de esos programas de telemierda. Jorge Julián Válmez, un hombre feo y bajito, con aspecto de mesonero de aldea pero embutido en ropajes amanerados, jugueteaba con los pelos del torso de su realizador. Eran dos ositos cuarentones, orgullosos de conocerse, entretenidos, hueros, contentos de estar completamente vacíos.

Jorge Julián, risueño y seguro de sí mismo, guiñó el ojo a su realizador y se dirigido a la zona del plató donde le esperaba una familia de cuatro miembros: una madre, un padre, un hijo adolescente y una niña, Claudia, recostada sobre una precaria silla de ruedas. La cría era horrible, espantosa. Tenía la cara completamente deformada y los pocos dientes que le quedaban eran un sin dios. Sus ojos parecían casi salidos de sus cuencas. La cría observaba el plató del programa Salvaguárdame nerviosa y entretenida. Excitada. Aunque ella no entendía que estaba en el cetro del mal, en el meollo de la más pura mendacidad, le entretenían todos aquellos focos, aquellos colores chillones, aquellas gradas con gente mayor, aquel fondo musical hortera.

Claudia había nacido con el cráneo deforme, por lo que su cerebro había sido seriamente dañado. No podría dormir tumbada como nosotros, lo hacía sentada, como John Merrick, el hombre elefante. Si Claudia se tumbaba sufría, se ahogaba. Podía morir. En realidad Claudia podría morir en cualquier momento. Por eso su expresión era tan brutal. Todo su cuerpo estaba rígido, comprimido. Claudia era un accidente. Toda una “criatura de dios”.

La familia buscaba dinero en el programa de Jorge Julián, que acaba de publicar su primera novela y está súper abierto a las causas de interés muy humano. Gracias a Jorge Julián la familia consiguió que los tapones de botella que han recolectado para ser reciclados en una fábrica sean trasladados gratuitamente. También lograron que el padre, que lleva cuatro años parado, pueda conseguir un curro. Y posiblemente una nueva silla de ruedas. Todo gracias a Jorge Julián.

No sé si fue la fiebre o las dos copas de vino que mezclé con el antibiótico, pero durante minutos, y llorando impotente, emocionado, flojo y muy ridículo, me sentí en la piel de Claudia. Y no sentí indignación por lo que veía. No sentí rabia por el uso infame de semejante tragedia familiar, no sentí asco por los que estaban detrás de todo eso, ni por la impúdica exposición de esa familia de pobres ignorantes, ni porque en mi país ese tipo de televisión fuese legal. No. Entré en Claudia, entré en aquellos colores chillones, en los focos, en las gradas, en la gente mayor, en aquel fondo musical. Era divertido, era entretenido, era estar vivo.

Y enseguida Jorge Julián despidió a Claudia y a su familia y se puso a hablar con una prostituta. Apagué la tele. Y apagué las luces. Escrito el 17 de diciembre de 2012

martes, noviembre 13, 2012

Shields me echó la bronca

El otro día, comiendo, Shields me echó la bronca. Shields es un crack y un amigo, una persona de mucha confianza y con el que muevo proyectos de tele y cine. Bueno, más bien los mueve él y yo los escribo. La conversación de la comida, regada con un buen Enate, derivó, y no sé muy bien por qué, en lo bien que me iría si mantuviese la boca cerrada de vez en cuando.

Shields me riñó porque he conseguido, y no le falta razón, que la gente me evite porque raramente me autoncensuro. Y lo que es peor para la supervivencia: no soy capaz de decir que algo que rechazo me ha gustado. Hace ya siglos aprendí el valor y el peligro de la franqueza. Su valor es evidente: con ella te sientes limpio. El peligro también es obvio: ten van a etiquetar, que es algo que le apasiona a la gente.

Así sucede casi siempre. La peña suelta el tan manido “dímelo con toda sinceridad” con una gratuidad que da verdadera grima. Son los mismos que ven a esos personajes de series o películas sin pelos en la lengua y brutalmente sinceros que les resultan MARAVILLOSOS… siempre que no les toque a ellos ser su víctima. Porque en ese caso los entierran.

Entiendo al pobre Shields porque en un mundo tan bestial como el cine o la tele hacerte enemigos por una sencilla y rápida opinión es suicida. Entiendo que se agarre un cabreo de cojones, porque hay que ser gilipollas, pero es que, miren ustedes, eso ya no tiene remedio, no se desaprende. Y aprenderlo me costó SANGRE.

¿Pero qué se puede esperar de un tipo que decidió acercarse en un libro al siempre franco Carlos Pumares? ¿Qué se puede esperar de un tipo que se inmola editorialmente porque nadie entendió el por qué de ese libro ni el por qué de ese personaje? Si ya me lo decía mi padre, que no aprendo.

miércoles, octubre 31, 2012

Una deferencia contra natura


Hace tiempo coincidí con mi hermano en que Philip Roth puede dar mucha pereza. Todo ese rollo del viejo verde, el judío intelectual en erección crepuscular, la decrepitud, la pitopausia y el cáncer puede llegar a cansar. Abrí El animal moribundo con todos esos prejuicios, pero la novela, corta y contundente, me ha gustado.

No es un relato con grandes pretensiones estilísticas y a veces divaga en materias ensayísticas, pero el libro te trinca y no te suelta por dos temas medulares: el sexo y la muerte, Eros y Tánatos. Eros está representado por la joven Consuelo Castillo y Tánatos por David Kepesh, crítico cultural acostumbrado a acostarse con alumnas y alter ego de Roth. Luego todo se mezcla.

Pero no son las honestas descripciones sexuales (a veces francamente desagradables) o las reflexiones sobre la vejez devastadora (tema recurrente en el anciano Roth) lo mejor de este librito. Cuando más he disfrutado es cuando Roth cuestiona, con la figura del hijo del protagonista como ejemplo, las relaciones de pareja. Como Roth, siempre he pensado que vivir sin tratos ni contratos no es antinatural. Nos han dicho que el maridaje perpetuo es lo normal y que lo antinatural es lo otro, la soledad, la intimidad. Y nos lo hemos tragado. Así, El animal moribundo es, entre otras cosas, una novela sobre un padre chingón y un hijo conservador a la fuerza, un retoño podado demasiado pronto por culpa de la apuesta de libertad sexual de su progenitor. El mundo al revés. Muy buena idea.      

Roth habla del INFANTILISMO DEL EMPAREJAMIENTO: “La vida familiar es infantil. La vida de pareja y la vida familiar hacen que aflore cuanto hay de infantil en cada uno de los involucrados. ¿Por qué en la misma cama una noche tras otra? ¿Por qué tienen que hablarse por teléfono cinco veces al día? ¿Por qué han de estar siempre juntos? La deferencia forzada es infantil. Una deferencia contra natura”.        

Y la libertad. Clave en la vida y obra de Roth. Él lo llama SOBERANÍA PERSONAL. Dice sobre su hijo: “Conozco todas las etiquetas admirables a las que uno puede recurrir cuando no afirma su soberanía. La dificultad es que debe ser admirable a cualquier precio. Vive temeroso de que la mujer le diga que no lo es. EGOISTA es la palabra que lo deja baldado. ERES UN CABRÓN EGOÍSTA. Ese juicio le aterra, y ello hace que sea el juicio que le rige”. No se la pierdan. Escrito el martes 30 de octubre de 2012.   

martes, octubre 02, 2012

El mando a distancia universal


Hace poco visité una ciudad. Da igual qué ciudad. Tenía sus turistas, sus hoteles, sus cafés, sus asesinos, sus santos, sus paritorios y sus tanatorios. Como todas. Era una ciudad de mayoría musulmana con su idioma, su bandera, sus jueces, sus cacos, sus policías y sus cárceles. Bebimos poco. A Alá no le va el bebercio. Pero bebimos. Cada noche llegaba machacado a la habitación del hotel por la pateada. Ya saben: mezquitas, mercadillos, bustos de señores ilustres y ridículos, museos, ánforas, lanzas, espadas… Ruinas. Y cada noche encendía la tele de la habitación, como hacen millones de turistas por todo el planeta. A la vez.

Al zapear, con el mando a distancia universal, pasando de canal en canal, descubrí algo desasosegante. Ese país tenía sus decenas de canales de televisión. Lo que vi en esos canales no tenía nada que ver con una forma de hacer televisión única, propia, intrínseca del país. Todos esos canales eran IDÉNTICOS a los que sufro en casa, en mi país.

Informativos con los mismos bustos parlantes, corbatas, peinados, postizos, implantes de mama, operaciones estéticas, caras impostadas fingiendo una supuesta profesionalidad. Las series eran iguales. Mismos decorados, chistes, gags, músicas horrendas, risas enlatadas, iluminación, giros gratuitos y formatos. La publicidad era idéntica. Mismo engaño fraudulento, fenicio, amanerado. Calcados eran los hombres del tiempo, los programas de cocina, los programas de adivinadores, los de apuestas, los de vídeos graciosos, los de deportes, las tertulias, los concursos….

En aquel torrente televisivo no había nada genuinamente nacional, de la región. Antes de entregarme a Morfeo, pensé que las culturas han sido arrasadas por la uniformidad audiovisual, que todo lo homogeniza para hacer del mundo una masa fofa, idéntica, miedosa, un bucle de información o evasión vacía, funeraria.     

Sales a ver mundo y en el mortero de almas, con su luz azul proyectándose sobre tu almohada, ves lo mismo que en casa, que en cada casa. Sus graciosos, sus famosos, sus guapos y sus monstruos son como los de tus teles. Todo el planeta es un bucle donde se repite lo mismo de forma enfermiza, paranoica y vulgar. Escrito el lunes 1 de octubre de 2012.                      

domingo, agosto 26, 2012

No dan ninguna pena


Hace unos días, una amiga que tiene conocidos en el cine español y está al tanto del parón en el sector me preguntaba: “¿Entonces era eso? ¿Subvenciones?” Lo decía como alguien que dice ¿Entonces era eso? ¿Sexo? Remató con un “No me dan ninguna pena”. Tajante. Como ella hay decenas de miles en España. Son los que han abandonado. Y a su renuncia se le ha sumado el tijeretazo del PP, la subida del IVA y el inmovilismo de los dueños de las salas: tardan en digitalizarse, no acortan el tiempo de exhibición para proyectar (y así poder explotar las películas en otras ventanas como Internet) y encima no bajan sus precios. Los suben.

En este país no había espectadores para estrenar 140 películas españolas al año. Hacíamos demasiadas películas, y muchas espantosas y chapuceras. Y no era normal que, como ha sucedido, el dinero subvencionado fuese mayor que el dinero recaudado. Eso era insostenible. El cine español ha trincado ayudas sin aportar excelencia ni general industria, no ha sabido seducir ni convencer, ha caído mal, ha dejado que lo estigmatizaran, no ha creado un verdadero tejido industrial, no ha sabido explotar nuevas vías de negocio en Internet y no ha explotado otros modelos además del cómodo modelo subvencionado. Por ahora eso no dan ninguna pena.

jueves, agosto 16, 2012

Pobre Coppola



Francis Ford Coppola no hace una gran película desde hace veintidós años. Me da pena verlo tan perdido y tan acabado. No recuerdo una decadencia tan sonora. Porque vale, esas cosa raras de la India de Fritz Lang o las comedias finales de Billy Wilder eran flojas, pero es que Coppola es el director de la que posiblemente sea la mejor película de todos los tiempos. ¿Cómo un talento tan grande puede desvanecerse así, agotarse de esa manera?

Su Drácula ha quedado muy viejo, Jack es infumable, Legítima defensa es solo correcta y Tetro empieza muy bien pero luego se convierte en un absoluto disparate. No he visto todavía Youth Without Yout, pero no me han hablado muy bien de ella.  

Acabo de sufrir Twixt, una película "pequeña" para los americanos. No sé en qué se han gastado los siete millones de dólares que dice valer, posiblemente en el 3-D. Regresó a mí la depresión por ver a un hombre con tanto talento visual perdiendo el tiempo en majaderías, optando por una planificación forzada y falsa, por una olvidable música de ascensor, por demasiado rodaje en pantallitas verdes, por un uso del 3-D innecesario, por atmósferas increíbles y nada trabajadas, por un guión previsible y absurdo y por un Val Kilmer más perdido que en Batman Forever y con más kilos que cuando hizo de Jim Morrison.

En un extraño golpe del destino, Coppola ha vuelto a sus inicios: al cine “económico” y fantástico de Dementia 13, solo que sin ningún talento, sin ningún atisbo de genialidad, lo que sí se intuía en esa peliculita de la factoría Corman. Twixt no funciona. Ni como terror, ni como cuento, ni como cine indie, ni como nada. Coppola no va a acabar su carrera con una obra maestra, como sí lograron gente como Lumet o Huston. Una tragedia.

domingo, agosto 05, 2012

Prometheus: Todos reímos.


Fui a ver Prometheus con el amigo NAPALM. Me va a costar explicar por qué es una de las más grandes vergüenzas cinematográficas que he visto en mi vida. Antes que nada: No la vean, no paguen una entrada por ella, ni se la bajen. Es una pérdida de tiempo y un insulto a su inteligencia. Si lo van a hacer, no sigan leyendo porque voy a destripar cosas. Y a saco, no pretendo hacer literatura con esta mierda.

Prometheus sigue la actual tendencia de recuperar partes de un clásico para hacer con él una película de acción idiota. Ocurrió hace poco con La cosa: ¿Qué pasó con la expedición noruega? ¡Como si nos importase! ¡Como si no fuese suficiente con lo que Carpenter ya apuntaba! En Prometheus sus dos espantosos guionistas hacen lo mismo: ¿Que pasó con el navegante espacial gigante que sale al comienzo de la peli? Bien. ¿Recuerdan aquella gran cabeza, aquella calavera gigante? Pues no, para estos dos inútiles se trata de un CASCO. Es más: se pasan por el forro las dimensiones de aquel inmenso astronauta, que en Prometheus es más pequeño, un ser con forma humana (¿?) y algo gigantón.

Arranca Prometheus con ese gigantón, un señor muy alto que se toma un liquidito que saca de un cubo de rubik ante una cascada. Y entonces se descompone, se desintegra. Luego unos señores ven unas cuevas y una señal planetaria en unas pinturas rupestres. Con esta señal un señor viejo (que es el actor de Memento maquillado de anciano no sabemos por qué) organiza una expedición espacial. Ya en la expedición, vemos una gran nave llamada Prometheus pero no conocemos NADA de la distribución del espacio en esa nave. De hecho, no sabemos ni cuántas personas están en ella, cosa que es el EGB del cine.

Tal es la confusión, que el señor viejo que es el de Memento maquillado no estaba muerto, como nos dicen al principio. No, estaba de parranda e hibernado y oculto en una sala de la nave que nadie ha visto hasta entonces, tampoco la prota de la peli. Bien, resulta que este señor ha mandado a los chicos de la Prometheus a buscar el origen del hombre. Pero el robot de la nave, que es fan de Lawrence de Arabia (¿?) mete un huevo de rana asesino en la bebida de uno de los tripulantes. A partir de este momento, el bicho tendrá forma de calamar, de zombi, de pulpo gigante que crece por ciencia infusa y finalmente de pre-alien. A todo esto, el chico con el huevo de rana asesino (que también acaba con el gigantón del principio) muere quemado pero no se desintegra, como el gigantón. Antes, eso sí, ha podido follar con su nena, que de golpe tiene en la barriguita un embrión de tres meses, por lo que se practica una autocesárea (¡¿?!).

Aunque podría comentar cien disparates más, voy acabando con unas preguntas. ¿Por qué Prometheus es tan cristianizante? ¿Por qué todo ese rollo con la cruz, toda esa majadería de libro de catequesis o hasta de secta evangelista? ¿Por qué es tan asexuada y tan casta? ¿Por qué no vemos el polvete de Charlize Therone con el negro y por qué esta mujer espectacular parece un robot? Por qué en toda la película no vemos un desnudo, incluso en la escena de la autocesárea? ¿Dónde quedaron las braguitas de Ripley, los sexuales diseños de de Giger o el alien que parece un falo con semen exterminador en su interior? ¿Dónde quedaron personajes como el computador Madre?

Me parece una vergüenza la tibieza con la que ha tratado la crítica (he leído cosas de partirme de risa) o la prensa especializada ante el estreno de esta bazofia porque esto es DE AVISAR, de explicar que es UNA ESTAFA. De hecho, no recuerdo haber visto a la salida del cine semejante reacción entre la gente. Al salir de los Princesa una pareja nos dijo sin conocernos de nada y al escuchar nuestra conversación: “Menuda vergüenza”. Todos reímos. Escrito el domingo 5 de agosto de 2012.

viernes, junio 29, 2012

MEDIOCRACIA

Estaba en el pueblo, de copas. Se notaba que no había lana, que la gente estaba canina. Poco trajín en las barras y en las terrazas. Y lo más sorprendente: no había juventud. Un flautista de la Baja Sajonia, Alemania, se había llevado de las calles de pueblo a la chavalería, hacinándolos con cocacolas y vino peleón en garajes o bares desahuciados que alquilaban a escote. Mientras le daba a mi primer gintonic, mi amigo Paulo (vamos a llamarle así) me dijo: “Mira a tu espalda”. Me di la vuelta y vi a una conocida, una muchacha de mi edad que siempre ha sido muy gris. Iba emperifollada, parecía venir de una misa gitana, su aspecto era un disparate estético. “Pues ahí donde la ves… es la nueva concejala de cultura”, me dijo Paulo con media sonrisa y chocando su cerveza con mi vaso con ginebra. Ya saben cómo va esto. Lucía estaba en las listas del partido ganador por el pueblo y le tocó la lotería. No tiene idea puta de lo que es la gestión cultural y habrá leído tres libros en su vida, pero Lucía tiene despacho y sueldo por lo menos por cuatro añitos. 

Días más tarde también estuve de gintonics con mi amigo Manolo (vamos a llamarle así), redactor en una revista de generosa tirada. En el segundo cacharro me dijo: “Reguera, a nuestra edad, y tal y como veo nuestros oficios, he llegado a la triste conclusión de que nunca tendremos pasta. Lo que se dice PASTA”. Parece una frivolidad, pero me dio pena escuchar eso. Primero porque tenía razón y segundo porque Manolo tiene talento, mucho más que decenas de mediocres juntaletras, dueños o gestores de medios de comunicación, de mandamases, de trincadores, de enchufados, de señoritos y de chupapollas. Pero lo que Manolo no tiene, y por eso está donde está, como yo, es la necesidad de hablar de pasta, de lucirla, de moverla, de multiplicarla, de enseñarla, de buscarla, de olerla, de rastrearla, de hablar siempre de ella.

Conozco a camareros, a teleoperadores o a seguratas con talento, me relaciono con gente que se gana la vida con la prensa, la publicidad o la tele con talento. Están por debajo. Su sociedad les ha puesto por debajo de la concejala de cultura que estaba en las listas de la derecha. Aunque da igual si estaba en las de la izquierda, el centro, los transversales o los colaterales. Me la suda. Hemos regalado el país a los seres más insignificantes haciendo de nuestro país un lugar insignificante.

Volví al pueblo donde me emborraché con Paulo. Y volví a dormir la borrachera en la casa de mis pares. Ellos tienen un vecino. Es fontanero. Está prejubilado. Tiene tres hijos en paro. Y tiene cáncer. Y se acaba de comprar un Mercedes que cuesta diez millones de las antiguas pesetas. Y todavía hay gente que cree que de esta salimos.

jueves, junio 21, 2012

Suena mejor gratis

Cuando vi este anuncio en el muro de Facebook de Ricardo Texidó Medina, músico, director artístico y productor de sonido, me quedé a cuadros. Las multinacionales como Nokia y Robafone siguen usando, con una jeta suprema, el producto de otros para hacer su negocio. Y lo hacen animando a sus clientes -que pagan religiosamente por su modelito Nokia- a consumir productos de otros (música en este caso) totalmente GRATIS.

El slogan se las trae: “La música suena mejor cuando es gratis”. Nokia y Robafone no tienen vergüenza y son muy listos, porque saben en qué país hacen la campaña. En España está bien visto no pagar nada por la música de otros, el todo gratis está respaldado y premiado socialmente. Te dan una palmadita por machote, por no gastarte un duro en música mientras en la barra pides otra ronda de cubatas, a siete u ocho euros por copazo. Somos así, una sociedad que prefiere gastarse un dineral en la última pollada tecnológica o en ocio nocturno pero abandona las librerías, las tiendas de música o los cines.

Y dentro de esta amplísima pandilla del yo-siempre-todo-gratis, los peores son los cursis, quizás lo más insufribles. Me refiero a los poetas del arte libre que te sueltan la frase hecha por excelencia: “NADIE VA A ACABAR CON LA MÚSICA porque es algo específico del ser humano, y el que tenga algo que contar cogerá su guitarra y tocara, porque lo lleva dentro”. En este país, cainita hasta la nausea y envidioso casi hasta ser violento, se sigue mostrando con orgullo pisotear el trabajo de los autores y los productores pequeños y medianos, que son la mayoría, que nos son los millonarios de Miami.

Me alegra saber que precisamente un grupo de Facebook llamado ‘No a Nokia La Música si es gratis, suena mejor’ ha logrado que la empresa retire la campaña en España. Tal ha sido la presión y el canguelo de la multinacional, que Chris Weber vicepresidente internacional de ventas y marketing, ha contestado a la administradora del grupo asegurando que la campaña “ha terminado” y que todas las opiniones “serían tenidas en cuenta en futuras campañas”. Felicidades. Escrito el sábado 16 y el jueves 21 de junio de 2012.