Esta foto la ha colgado mi
amigo Pablo en un grupo de Facebook dedicado a mi vieja pandilla santoñesa. La
instantánea está sacada poco antes de que yo fuese aceptado en el grupo. Yo era
entonces un veraneante bilbaíno en tierras cántabras, un chaval que vestía como
un viejo, un rarito que no conocía a nadie, que le gustaba Marlon Brando, que leía
el periódico en el autobús y que solo bajaba al pueblo para ir a clases particulares,
al mercadillo de libro antiguo en la Plaza de San Antonio y al cine. El pueblo tenía tres.
En aquellas clases particulares
conocí a un tipo llamado Giuseppe, un genovés muy cara dura pero divertido. Él siempre
me hablada de sus amigos, de su pandilla. Yo cada tarde regresaba a mi casa y fantaseaba
entrando seguro y sonriente en los bares del pueblo con mi clan, con los míos. Cada
tarde esperaba que Giuseppe me lo dijese: “Te los voy a presentar”. Cuando
creía que el día nunca llegaría, un septiembre llegó. Y dijo las cinco palabras
exactas: “Te los voy a presentar”.
Nos conocimos en un garito
discotequero que ha cambiado de dueños y de nombres varias veces. De fondo se
escuchaban españoladas, algo de Guns & Roses y temas de Technotronic, Chimo
Bayo, The KLF y The Farm. Ya saben, toda es mierda. Saludé a todos con la mano,
inseguro y expectante. Todo fue bien. Esa noche, no muy borracho pero apestando
a tabaco, cerré con mucho cuidado la puerta de la casa de mis abuelos, donde
dormía cuando me quedaba en el pueblo. Lo hice con una sonrisa deslumbrante. Tenía
pandilla.
Después llegaron las carreras
con las motos y ese genial pestazo a gasolina que se mezclaba con el olor a mar
de la bahía. Y los recreativos, y las borracheras legendarias, y las fiestas
salidas de madre, y las grabaciones chorras con mi cámara vídeo, y los discos
compartidos, y los conciertos… Hoy muchos han desaparecido de mi vida y casi
todos nos hemos separado, hemos elegido otros caminos, otros grupos, otra gente.
Como todo el mundo, supongo. Pero todos podríamos ser los personajes de una bonita
novela de amistad veraniega. Algún día se los voy a presentar.Escrito el
domingo 30 de diciembre de 2012.
Se han portado
bien este año en mi cumple, y el de la foto es el regalo que me ha hecho más
ilusión. Me lo ha regalado mi viejo, que tiene alma de fenicio y le encanta
merodear en el rastrillo dominical de Santander, en el túnel de Pasaje de Peña,
quince años ya animando las mañanas a santanderinos y visitantes. Mi padre
trasteaba entre chatarra, libros amarillentos y ornamentos grimosos -algo que
le vuelve loco- cuando descubrió estos vinilos que le sonaban de algo, de
cuando yo era un crío, de mis primeras incursiones en el mundillo sountrack. Ahí estaba, y
en perfecto estado de conservación, más de la mitad de la colección Cine y
Música de Salvat, que era cosa muy seria en aquellos ochenta de enciclopedias
que hacían bulto en las salitas o de bergantines a montar por entregas que
fenecían inacabados en habitaciones infantiles. Cine y Música se vendía con sus
fascículos, que luego se encuadernaban y se convertían en otra enciclopedia para
hacer bulto.
El que llevaba
el puesto en el mercadillo no era un coleccionista habitual de ese lugar, sino
un gitano que ni sabía lo que tenía, ni lo que podría costar ahora la colección.
Y ahí entró mi padre el fenicio, que seguro se lo sacó por un precio de risa. Menudo
es. Vista ahora, parte
de la colección resulta muy inocente, tiene una selección a veces acertadísima
y otras veces infeliz, depende el disco. Pero lo mejor de Cine y Música de
Salvat es que, salvo en rarísimas ocasiones, todos los temas son originales. También
que fueron tremendamente pretenciosos, quisieron abarcarlo todo: lo mejor del
cine musical, de terror, de gangsters, del oeste, del espacio, la música
clásica en el cine, lo mejor de James Bond, lo mejor de Disney, Jesucristo en
el cine… Y luego bandas sonoras enteras, como Carros de fuego, El último tango
en parís, Psicosis, El mago de Oz, West Side Story... Años más tarde
de su estreno, ya en los noventa, Cine y Música tuvo su versión en CD, pero ya
no era lo mismo, aunque tengo algunos de aquellos compactos que seguro también
tendrá mi amigo NAPALM. Fueron los vinilos, entre ellos los de Cine y Música de
Salvat, los que encendieron la vela de nuestra amistad, más bien un gran cirio.
Perdonen la pedantería. Nos conocimos en clases particulares de latín, un
verano, hace ya siglos. Yo no tenía ni zorra de aquella lengua cadáver, ni me
apetecía saber nada. Nunca supe nada de latín, pero siempre aparecía en aquel
piso donde dábamos clases con bandas sonoras debajo del brazo. Las compraba en
Jorbi (Santoña) o en Drope (Santander), los dos comercios ya desaparecidos y
los dos del mismo propietario: José Vidán. Y, claro,
NAPALM vio algo interesante en aquel tipo raro que se parecía a él. Era de esos
raros que se ponía bandas sonoras en el cuarto hasta que su padre le gritaba
para que estudiase algo o se durmiese, de los que escuchaba hasta altas hora de
la madrugada a Pumares en la radio, de los que abandonaba a los amiguetes que
andaban “de litros” porque a la una y veinte de la mañana echaban Pasión de los
fuertes en La dos ¡y encima en versión original! De ahí pasamos
a los cafés, de los cafés a los vinos, de los vinos a los cubatas y de los
cubatas a una amistad casablanquera. En cuanto le vea le voy a enseñar mis
vinilos. Para que se pudra de envidia, más que nada. Ah, y que no se me olvide:
Gracias, viejo.Escrito el
miércoles 26 de diciembre de 2012.
El lunes pasado, con fiebre, me
puse a ver uno de esos programas de telemierda. Jorge Julián Válmez, un hombre
feo y bajito, con aspecto de mesonero de aldea pero embutido en ropajes amanerados, jugueteaba con los pelos del torso de su realizador. Eran dos ositos
cuarentones, orgullosos de conocerse, entretenidos, hueros, contentos
de estar completamente vacíos.
Jorge Julián, risueño y seguro de
sí mismo, guiñó el ojo a su realizador y se dirigido a la zona del plató donde le
esperaba una familia de cuatro miembros: una madre, un padre, un hijo
adolescente y una niña, Claudia, recostada sobre una precaria silla de ruedas.
La cría era horrible, espantosa. Tenía la cara completamente deformada y los
pocos dientes que le quedaban eran un sin dios. Sus ojos parecían casi salidos de
sus cuencas. La cría observaba
el plató del programa Salvaguárdame nerviosa
y entretenida. Excitada. Aunque ella no entendía que estaba en el cetro del
mal, en el meollo de la más pura mendacidad, le entretenían todos aquellos
focos, aquellos colores chillones, aquellas gradas con gente mayor, aquel fondo
musical hortera.
Claudia había nacido con el
cráneo deforme, por lo que su cerebro había sido seriamente dañado. No podría
dormir tumbada como nosotros, lo hacía sentada, como John Merrick, el hombre
elefante. Si Claudia se tumbaba sufría, se ahogaba. Podía morir. En realidad Claudia
podría morir en cualquier momento. Por eso su expresión era tan brutal. Todo su
cuerpo estaba rígido, comprimido. Claudia era un accidente. Toda una “criatura
de dios”.
La familia buscaba dinero en el
programa de Jorge Julián, que acaba de publicar su primera novela y está súper
abierto a las causas de interés muy humano. Gracias a Jorge Julián la familia consiguió
que los tapones de botella que han recolectado para ser reciclados en una
fábrica sean trasladados gratuitamente. También lograron que el padre, que
lleva cuatro años parado, pueda conseguir un curro. Y posiblemente una nueva
silla de ruedas. Todo gracias a Jorge Julián.
No sé si fue la fiebre o las dos
copas de vino que mezclé con el antibiótico, pero durante minutos, y llorando impotente,
emocionado, flojo y muy ridículo, me sentí en la piel de Claudia. Y no sentí
indignación por lo que veía. No sentí rabia por el uso infame de semejante
tragedia familiar, no sentí asco por los que estaban detrás de todo eso, ni por
la impúdica exposición de esa familia de pobres ignorantes, ni porque en mi
país ese tipo de televisión fuese legal. No. Entré en Claudia, entré en
aquellos colores chillones, en los focos, en las gradas, en la gente mayor, en aquel
fondo musical. Era divertido, era entretenido, era estar vivo.
Y enseguida
Jorge Julián despidió a Claudia y a su familia y se puso a hablar con una prostituta.
Apagué la tele. Y apagué las luces. Escrito
el 17 de diciembre de 2012