miércoles, octubre 31, 2012

Una deferencia contra natura


Hace tiempo coincidí con mi hermano en que Philip Roth puede dar mucha pereza. Todo ese rollo del viejo verde, el judío intelectual en erección crepuscular, la decrepitud, la pitopausia y el cáncer puede llegar a cansar. Abrí El animal moribundo con todos esos prejuicios, pero la novela, corta y contundente, me ha gustado.

No es un relato con grandes pretensiones estilísticas y a veces divaga en materias ensayísticas, pero el libro te trinca y no te suelta por dos temas medulares: el sexo y la muerte, Eros y Tánatos. Eros está representado por la joven Consuelo Castillo y Tánatos por David Kepesh, crítico cultural acostumbrado a acostarse con alumnas y alter ego de Roth. Luego todo se mezcla.

Pero no son las honestas descripciones sexuales (a veces francamente desagradables) o las reflexiones sobre la vejez devastadora (tema recurrente en el anciano Roth) lo mejor de este librito. Cuando más he disfrutado es cuando Roth cuestiona, con la figura del hijo del protagonista como ejemplo, las relaciones de pareja. Como Roth, siempre he pensado que vivir sin tratos ni contratos no es antinatural. Nos han dicho que el maridaje perpetuo es lo normal y que lo antinatural es lo otro, la soledad, la intimidad. Y nos lo hemos tragado. Así, El animal moribundo es, entre otras cosas, una novela sobre un padre chingón y un hijo conservador a la fuerza, un retoño podado demasiado pronto por culpa de la apuesta de libertad sexual de su progenitor. El mundo al revés. Muy buena idea.      

Roth habla del INFANTILISMO DEL EMPAREJAMIENTO: “La vida familiar es infantil. La vida de pareja y la vida familiar hacen que aflore cuanto hay de infantil en cada uno de los involucrados. ¿Por qué en la misma cama una noche tras otra? ¿Por qué tienen que hablarse por teléfono cinco veces al día? ¿Por qué han de estar siempre juntos? La deferencia forzada es infantil. Una deferencia contra natura”.        

Y la libertad. Clave en la vida y obra de Roth. Él lo llama SOBERANÍA PERSONAL. Dice sobre su hijo: “Conozco todas las etiquetas admirables a las que uno puede recurrir cuando no afirma su soberanía. La dificultad es que debe ser admirable a cualquier precio. Vive temeroso de que la mujer le diga que no lo es. EGOISTA es la palabra que lo deja baldado. ERES UN CABRÓN EGOÍSTA. Ese juicio le aterra, y ello hace que sea el juicio que le rige”. No se la pierdan. Escrito el martes 30 de octubre de 2012.   

martes, octubre 02, 2012

El mando a distancia universal


Hace poco visité una ciudad. Da igual qué ciudad. Tenía sus turistas, sus hoteles, sus cafés, sus asesinos, sus santos, sus paritorios y sus tanatorios. Como todas. Era una ciudad de mayoría musulmana con su idioma, su bandera, sus jueces, sus cacos, sus policías y sus cárceles. Bebimos poco. A Alá no le va el bebercio. Pero bebimos. Cada noche llegaba machacado a la habitación del hotel por la pateada. Ya saben: mezquitas, mercadillos, bustos de señores ilustres y ridículos, museos, ánforas, lanzas, espadas… Ruinas. Y cada noche encendía la tele de la habitación, como hacen millones de turistas por todo el planeta. A la vez.

Al zapear, con el mando a distancia universal, pasando de canal en canal, descubrí algo desasosegante. Ese país tenía sus decenas de canales de televisión. Lo que vi en esos canales no tenía nada que ver con una forma de hacer televisión única, propia, intrínseca del país. Todos esos canales eran IDÉNTICOS a los que sufro en casa, en mi país.

Informativos con los mismos bustos parlantes, corbatas, peinados, postizos, implantes de mama, operaciones estéticas, caras impostadas fingiendo una supuesta profesionalidad. Las series eran iguales. Mismos decorados, chistes, gags, músicas horrendas, risas enlatadas, iluminación, giros gratuitos y formatos. La publicidad era idéntica. Mismo engaño fraudulento, fenicio, amanerado. Calcados eran los hombres del tiempo, los programas de cocina, los programas de adivinadores, los de apuestas, los de vídeos graciosos, los de deportes, las tertulias, los concursos….

En aquel torrente televisivo no había nada genuinamente nacional, de la región. Antes de entregarme a Morfeo, pensé que las culturas han sido arrasadas por la uniformidad audiovisual, que todo lo homogeniza para hacer del mundo una masa fofa, idéntica, miedosa, un bucle de información o evasión vacía, funeraria.     

Sales a ver mundo y en el mortero de almas, con su luz azul proyectándose sobre tu almohada, ves lo mismo que en casa, que en cada casa. Sus graciosos, sus famosos, sus guapos y sus monstruos son como los de tus teles. Todo el planeta es un bucle donde se repite lo mismo de forma enfermiza, paranoica y vulgar. Escrito el lunes 1 de octubre de 2012.