En la entretenida Medianoche en París tenemos hasta una guía cultural, Carla Bruni (¿?), y la gran enciclopedia de los creativos años veinte: Auguste Rodin, Cole y Linda Porter, Jean Cocteau, los Fitzgerald, Gertrude Stein y su novia Alice B. Toklas, Picasso, Buñuel, Dalí, Man Ray, Josephine Baker, Toulouse-Lautrec… Están todos.
Nos han vendido The Artist, una de las mayores estafas cinematográficas que he visto en años, como el gran homenaje al cine mudo, pero en realidad es un pastiche donde han mezclado sin mucha originalidad el estilo del cine mudo con el del cine clásico de los 40 (plagian sin pudor Ciudadano Kane) o los 50 (con “homenajes” a Cantando bajo la lluvia, El crepúsculo de los dioses o Vértigo, cuya banda sonora violan de forma torpe y fraudulenta).
La invención de Hugo ha sido definida como “un film de Scorsese para toda la familia”, pero en realidad esconde otro homenaje cultureta a los grandes pioneros del cine. A Méliès, a los Lumière, a Porter, a Lloyd o a Chaplin. Hugo no es una película para niños, sino para cinéfilos, una película que podría haber sido estupenda (su tercer acto es brillante) si no es por resultar previsible, por su flojo arranque, por su sosa parejita protagonista, por el presunto humor de Sacha Baron Cohen y porque por momentos crees estar viendo una peli de Spielberg, o lo que es peor: un juego de ordenador.
Paradojicamente, el abuelito Scorsese escupe la poca bilis que le queda contra el ordenador. Y frente a lo digital reivindica el truco, los mecanismos, las trampas y la magia de los viejos artesanos. Pero lo hace, y hay que ser muy cínico, con una carísima película digital.