jueves, octubre 11, 2007

El rostro de Tracy

Aunque soy de los que considera que Woody Allen ya está para jubilarse, ha sido uno de los mejores y más certeros conocedores del corazón humano, de sus chifladas relaciones, de sus pulsiones, de sus miserias, de sus miedos. Ha sido el más romántico y el más violento. Maridos y mujeres, su obra maestra, es el mejor ejemplo de lo que entiende Allen por violencia.

Después de llevar repasando un mes media filmografía alleniana, ayer volví a recuperar Manhattan, un film que en su día él detestó y quiso volver a rodar. No conozco las razones de semejante berrinche, pero los años y las generaciones que han seguido adorándola han demostrado que se equivocaba.

Manhattan es otra andanada contra la llamada intelectualidad, contra el snobismo social, el sectarismo cultureta, contra las razas de pretenciosos que pululan en cualquier gran cuidad, en las salas de museos, teatros, cines y catas de vino blanco. Y sólo un tío que forma parte de ese mundo, sólo otro intelectual puede hacer el daño que hace Woody Allen. Otros imitadores lo han intentado y sus resultados han sido calamitosos.

Arranca Manhattan con Allen (Isaac, guionista televisivo cuarentón y divorciado dos veces) borracho con sus mejores amigos y ante su chica, una bella estudiante de 17 años. Aunque es una menor, adora pasar el rato con ella, enseñarla, protegerla, follar. Típica relación amante-padre-maestro. Su psicoanalista le advirtió que no saliera con esa cría, pero “era tan guapa que cambió de psicoanalista”.

Mientras trascurre la película, descubres que la inmadurez, como diría cierta lógica, no es la de la chica de 17, sino la de los cínicos cuarentones que se engañan y se mienten. Allen no quiere comprometerse con la joven Tracy, no deja que duerma en su casa y encima la engaña con la intelectualoide Diane Keaton.

Con Mary (Diane Keaton) tiene la racionalidad y la intelectualidad, aunque es una mujer llena de inseguridad, complejos y dudas. Con Tracy (Mariel Hemingway) tiene la juventud y la ternura, todo un potencial, aunque le falta cultura y se llevan muchos años.

Al final, Allen opta por Mary, pero cuando lo rechaza se da cuenta de que ha cometido un error y vuelve desesperado a Tracy, cuyo rostro forma parte, para él, de las cosas por las que merece la pena vivir junto a Frank Sinatra, Louis Armstrong o las manzanas y peras de Cezanne, toda una enumeración intelectualoide. Pero ¿es ya tarde? Como pasa en tantos films de Allen, ¿su personaje acaba completamente solo?

Manhattan tiene uno de los finales más abiertos y abruptos de su carrera. Y eso la hace, en cada visionado, todavía más especial. Maravillosa.

5 comentarios:

Awake at last dijo...

¿Violado=visionado?


Mks.

Marta dijo...

Aunque hace mucho que no la veo, recuerdo la insuperable fotografía en blanco y negro que resalta la belleza de una ciudad de grandes contrastes.

La primera secuencia, con esa explosión de imágenes de los rascacielos, puentes y calles de Manhattan, podría ser considerada "fotografía pura" del último cuarto del siglo XX. Enriquecida por el sonido, el movimiento, los acordes de "Rhapsody en blue",...

Creo además que está llena de memorables imágenes que juegan con las luces y las sombras, como el amanecer ante el puente de Brooklyn cubierto de niebla.

Y creo también que el personaje de Allen se salva de la pedantería intelectualoide que mencionas gracias al humor que desprende.

Y que "hay que confiar más en las personas".

De repente me entraron unas ganas enormes de volver a verla.

Nexus5 dijo...

Con el cine de Allen he disfrutado, he reído, he sonreído, me he sentido mejor, o peor, he reflexionado... Pero hace ya tiempo que cuando intenta hacer reír, te hace bostez
ujas...). O cuando intenta ser más "serio", sólo te qu eda reir (risa nerviosa)para salir del pasmo y del sopor (Melinda, Mat chpoint,...). Manhattan es una de las películas que desconocía y que me ha hecho disfrutar otra vez de W.A. Y también, en menor medida, Interiores.
La decepción con el cine actual de W.A. es menos si uno acepta que W.A. se ha convertido en una franquicia, con un diseño de producto estándar y funcional,y que se publicita con actores indies cool sobradamente conocidos,a la vez que comercia la promoción de urbes europeas. Todo por la pasta,s upongo, que los divorcios son caros.

IVÁN REGUERA dijo...

Awake: Gracias por la corrección, menuda cagada.

Marta: Lo que hace el fotógrafo Gordon Willlis en Manhattan es algo verdaderamente alucinante y algo que no se ha vuelto a repetir en la filmografía de Allen. No me extraña que lo llamasen "el maestro de las tinieblas".

Se nota que Allen se lo tomó todo con mucha calma, mimo, celo. Es una peli estéticamente cuidadísima, como ya casi no se hacen. Y hay un momento de la peli, la magnífica escena del planetarium, en el que Willis se desmelena ¡¡y no se ve un carajo!! ¡Y queda genial!

Nexus5: A veces un retiro digno o una largas vacaciones merecen la pena, pero imagino que Woody sólo sabe hacer cine sin parar (una al año). Y por cierto: me gustaría recuperar Interiores y Recuerdos, dos pelis que creo fallidas pero que vi demasiado joven. Es algo que me estás pasando en estos nuevos visionados: las experiencias sentimentales te hacen entender mucho mejor cosas que tu inmadurez te había negado. Por eso Allen es tan inmenso. Y mejor que el mejor Prozac.

Marta dijo...

Es mágica la secuencia en penumbra del planetario, con su juego visual de contrastes y perfiles en sombra.

Y por todo esto me entró la curiosidad de conocer un poco más a Gordon Willis, y descubro que fue él el que inventó "el arte de la subexposición". ¿De ahí quizá "el príncipe de las tinieblas"?

En los Padrinos (que parece que si se ven las tres juntas es como si se hubieran filmado seguidas) utilizaba la iluminación cenital.

Así, por ejemplo, muchas veces los ojos de Brando-Corleone están oscuros, quizá para darle ese aire misterioso. Igual que tu foto del joven Kurtz.