
Eran dos cuarentones. Me recibieron sentados frente a una mesa de diseño. Uno de ellos, el productor, remataba un vaso de güisqui y fumaba un cigarrillo rubio. El otro, el realizador, me hablaba con acento catalán y me escondía la pantalla de su portátil como si en ella se proyectasen documentos confidenciales del Pentágono.
“La idea es la siguiente: aspiramos a producir una serie que pague enteramente la compañía aérea Ibérica. El concepto es que contemos historias verdaderas, humanas, sinceras y auténticas en las que Ibérica tenga una mera presencia, como la marca Prozak en Los Soprano.
Lo vamos a llamar B Air, “Sé aire”. ¿Entiendes?”. “Entiendo”. Entonces no tenía ni idea de que Prozak hubiese financiado Los Sopranos y me tragué aquello de la “mera presencia”. Estaba ante la oportunidad de ganar un dinerito extra. El productor sólo escuchaba, sospeché que no tenía el vocabulario suficiente, el pico necesario. El realizador catalán me tranquilizó:
“Puedes escribir en casa lo que quieras, queremos historias reales, queremos Carver, queremos Altman, queremos HBO, ¿entiendes?”.“Entiendo”. Le di al palique. Les solté alguna otra referencia cinematográfica con aviones como parte del espacio de la acción.
“Sí, esa es la idea: el avión es el lugar donde el personaje cambia, muta, evoluciona y… es aire”. ¿Quién cojones “cambia”, “muta” o “evoluciona”, y para bien, nunca para joderla, sentado en un avión?, me preguntaba. No imaginaba a Charles Manson organizando su carnicería mientras se tomaba unos panchitos y volaba con Ibérica. Empecé a oler a caca, a spot encubierto.
A pesar de ello acepté el reto.
“Y que esto no salga de aquí”, dijo el realizador parlanchín. Que no salga ¿QUÉ?, me preguntaba también. Ni había, de partida, personajes, ni tramas, ni una orientación narrativa básica, NADA. Fui a casa y medité, divagué, apunté, garabateé algo en un cuaderno. En dos semanas tuve un guión. No era Los Soprano, desde luego que no, pero era decente, un punto de partida para trabajar con ellos. Lo mandé por mail. Me llamó el productor a los dos días:
“Hola Iván. Nos gusta cómo dialogas, pero el realizador me dice que no has captado EL CONCEPTO”.
Volví a meditar, divagar, apuntar, garabatear algo en el cuaderno. En dos días tuve una nueva versión del guión. Me llamó entonces el realizador:
“Hola Iván. No están mal… pero a ver…”. Me calenté.
“¿QUÉ no está mal? ¿Los giros, la trama, el tono, las elipsis, los personajes, el conflicto, la resolución, esa frase en la que…?" Me interrumpió:
“No, no, a ver, no, no, eso no te lo voy a decir, ese no es MI TRABAJO”. Silencio. Largo silencio. El realizador remató:
“Y no veo muy acertado que el personaje se tome dos gintonics en el avión, no creo que le guste a Ibérica”.Entre descojonado de risa y borracho de ira, no pude evitar contestarle:
“¿Si decías que la aerolínea tendría una ‘mera presencia’, qué importa que el personaje le de al bebercio, si es coherente con su conflicto? ¿Quieres hacer un anuncio?”. Silencio. Otro largo silencio. Mis temores hechos realidad. Al parecer, nadie en Ibérica, y en clase bussines, pide gintonics. En sus historias verdaderas, humanas, sinceras y auténticas nadie se emborrachaba. Colgué el teléfono, quité lo del gintonic, lo cambié por zumos de melocotón y suavicé la cosa hasta convertirla en mierda humeante y olorosa. No me volvieron llamar. Ni para darme las gracias por el intento, ni por trabajar gratis. No había captado EL CONCEPTO.
Escrito las noches del miércoles 13 y jueves 14 de 2010. Foto: Frid.