viernes, noviembre 25, 2011

Adiós, Murakami

Leer a un autor de prestigio y descubrir, hacia la página 40, que es un mediocre, es un gasto que te duele en el bolsillo, pero en realidad es un ahorro. Nunca volverás a comprar nada de ese señor ni borracho.

Me ha pasado con Haruki Murakami, al que no conocía. No partí, debo reconocerlo, con buenos antecedentes. Aunque recomendado por amigos, Murakami es el típico autor superventas y de moda que lo ves en las manos de los zombies del metro o en la anoréxica librería de la casa de uno de esos conocidos que no suele leer ni atado. Y ahí estaba el amigo Haruki, escribiendo sobre un tal Watanabe, un insustancial, y su amante Naoko, otra que tal bailaba.

Y lo peor de este bodriete no es que aburra, que aburre mucho, no es que sea bastante fatuo, que lo es. Lo pero es su erotismo barato. Es realmente sorprendente que sea bien considerado entre crítica y entendidos un señor que escribe cosas como estas:

“La desnudé despacio, con ternura; luego me quité la ropa. La abracé. Aquella noche de tibia lluvia no sentimos el frío. En la oscuridad exploramos nuestros cuerpos sin palabras. La besé, envolví con suavidad sus senos con mis manos. Naoko asió mi pene erecto. Su vagina, húmeda y cálida, me esperaba. (…) Luego me fumé un cigarrillo mientras contemplaba la lluvia de abril que caía al otro lado de la ventana”. “Pensaba todo el tiempo en Naoko, en la blancura de su cuerpo emergiendo en la oscuridad, en sus suspiros, en el ruido de la lluvia”.

Un señor que escribe estas cosas o peores (“expulsé mi semen dentro de su calidez”), además de no saber llevar su novela a ningún lugar, me parece un desastre. No hay nada peor que esa tierra de nadie entre la pornografía y el erotismo de saldo, el sexo púdicamente oculto, tapado con cresponcitos pseudoliterarios. Escrito el sábado 19 de noviembre de 2011.