miércoles, agosto 17, 2005

Quita, quita...










Como todos los años antes de un viaje, nos planteamos sencillamente “ir para Asturias”, lo que significa no tener ni pajolera idea de dónde nos detendríamos. Sólo había una idea clara (la prueba está en las fotos): queríamos ver la estatua dedicada a Woddy Allen en Oviedo. Utensilios: Cintas de casete (JR no tiene CD en el coche y Apa suele hacer la selección), una nevera de plástico con hielo, birras y dos inconmensurables botellas de Rioja del 82, bañadores, toallas, algo de ropa y cámaras de fotos. Poco más.

Empezamos en Cantabria, en San Vicente de la Barquera, pueblo donde Bustamante (me juego algo a que tenían un póster del triunfito hasta en la comisaría de policía) es más importante que cualquiera de sus santos y mitos locales. Un puente precioso, un puerto bien grande y un castillo y una iglesia que JR estudiaba con deleite y Apa y yo más bien con rutinaria pose turista recorre piedras.

Ya en Asturias, comimos en Llanes, precioso pueblo con buena comida y mucho pijoveraneante. En el camino a Oviedo, paramos en la pequeña playa de Barro y nos dimos un baño relajante mientras nos cagábamos en el metro de Madrid en hora punta. Llegamos a Oviedo para dormir en una pensión de mala muerte pero con una encargada muy simpática. Esa noche salimos de copas, nos emborrachamos y yo me metí a saco con un italiano (“macarroooogggniiiii, “dorddddeliniiiii””). También me ofrecieron coca en plena calle, pero dije que no. Antes de pillar eso (a saber) me meto tiza por la napia.











Al día siguiente disfrutamos de la bellísima y armoniosa ciudad de Oviedo, nos hicimos las fotos con Woody, comimos mediocremente en un sitio de menú a 7 euros y marchamos hacia Cudillero, un pueblo fotogénico que fue seleccionado este verano por El Mundo como uno de los 50 pueblos más bonitos de España. No dormimos allí (aunque quizá deberíamos haberlo hecho) y acabamos en Tapia, donde nos cobraron por dos habitaciones claramente de más en un cuchitril de una estrella. Al menos Apa y yo disfrutamos de uno de los Riojas en su habitación hasta que empezó a roncar y me largué escopetado.

También vimos Rivadeo, Figueras, Castropol y Ribadesella y de regreso volvimos a Llanes para la “última cena”.
Como todos los años, hemos llevado a la práctica nuestra máxima del turista cómodo: Que haya siempre camas, buena comida, vino y marcha nocturna si la hay. Que a nosotros eso del camping o el saco de dormir se nos iba a dar como el culo. Quita, quita…