martes, agosto 16, 2005

SPIELBERG NO AUTORIZADO (I)



En esta primera mitad de mis vacaciones he leído una biografía que nunca pensé que devoraría con pasión y sorpresa casi continua. Me refiero a la de Steven Spielberg, director, productor, magnate y filántropo. Lo primero que llama la atención de su no autorizada biografía, escrita en 1996 por John Baxter -del que también leí su brillante ensayo sobre Kubrick-, es que más que de cine se habla de pasta gansa: sueldazos, porcentajes de taquilla, puntos de beneficios en los contratos, ingresos de taquilla, acciones, presupuestos que se desorbitan, merchandising, campañas publicitarias... ¡Hablamos del Rey Midas de Hollywood, no de Godard!

Era conveniente, me dije, quitarse los prejuicios (“¿Qué hay de interesante en ese tipo?”, me recriminó más de uno durante las vacaciones) antes de ponerse a leer sobre la vida de uno de los pilares de lo que hoy conocemos como cine -malo, regular, bueno o genial- de entretenimiento.

Spielberg, como el resto de los llamados “Movie Prats” (mocosos del cine) fue una calamidad en el colegio. Baxter recuerda que “un estudio que se publicó en los años noventa, que analizaba a las doce personalidades más influyentes de los medios de comunicación, descubrió que más de la mitad nunca terminó sus estudios, y tres de ellos, incluyendo a Ted Turner, eran disléxicos".

Lo suyo no fueron los libros sino las pelis de serie B, los seriales televisivos y las viñetas. En aquella época, cada uno de ellos escogió un referente que más tarde apreciaríamos claramente en pantalla. De Palma a Hitchcock, Scorsese a Fuller y Nicholas Ray y Spielberg a Ford y a Capra. Los primeros amigos cinematográficos del joven y ambicioso Steven fueron los elegidos estudiantes de cine en la UCLA o la USC, entre ellos Randal Kleiser (Greace y El lago azul), Walter Murch (montador de Apocalypse Now), John Carpenter (La noche de Halloween y La cosa), Basil Poledouris (compositor de Conan el bárbaro y Robocop) y David S. Ward (guionista de El golpe).

Lo primero que destaca Baxter en negativo son sus aires de trepa: Por las noches veía el preestreno que se pasaba en la sala de proyección de Universal. Al día siguiente, llamaba a los actores, a los directores y a los productores para felicitarles. William Link lo recuerda en el libro como “un gran diplomático”. “Ya entonces todos sabíamos que un día acabaríamos trabajando para él”.

El que luego sería conocido en el oficio como un despiadado negociador que escatimaba a los actores hasta el último dólar y como un adicto al trabajo sin una destacable o más bien oculta vida privada, empezó a ser considerado el mejor artífice para cambiar la faz de Hollywood y convertirlo en lo que es hoy: películas acontecimiento, marketing agresivo, estreno en centenares de salas a la vez, grandes sumas el primer fin de semana, productos derivados… Y ahí estaba Spielberg (y Zanuck, entre otros astutos productores y empresarios) para aprovecharlo. No sin poca coña, Tom Hanks, en alusión al público presente en la entrega del premio del American Film Institute, dijo: “De nuevo Spielberg está rodeado de tiburones y dinosaurios”.

La crítica de cine murió con Spielberg y compañía. Baxter, que define lo spilbergiano como “cine de consenso” (sin ofender a nadie, siempre en la línea de lo correcto), lo explica: “Los films de Spielberg fueron un instrumento para transformar el cine de argumento y personajes en uno de sensaciones. Se hicieron obsoletas las opiniones, para cuando la crítica impresa sobre el film salía publicada, su juicio era irrelevante. Igual que hoy en día.

Aun con todo, hacia la mitad de mi lectura, en un día tonto y nublado, me fui al cine con la familia, a una de Bruckheimer. De vuelta, en la parte de atrás del coche, mi hermano y yo empezamos a recordar con sincera añoranza grandes películas vistas con la familia en una sala oscura de Bilbao. Lo que más me llamo la atención es que casi todos los films citados (E.T., Gremlins, Indiana Jones, Los Goonies, El chip Prodigioso, Poltergeist…) estaban relacionadas con Spielberg. Y eso, con perdón para los maduros puristas y se diga lo que se diga en biografías sin permiso, es un envidiable legado.