
Aunque ya en su día no me pareció ninguna joya del periodismo, lo que más me ha llamado la atención al releerlo es lo complaciente que es con el actor y lo vagamente descriptivo y atmosférico que resulta todo el trabajo. Entonces me ha venido el nombre: Capote.
El relato que Truman Capote le hizo a Brando en 1956.
Pero vayamos por partes. Grobel, que es “llevado” en plan Willard en Apocalypse Now al refugio del actor, parece que escucha admirado pero sin juzgar, y lo malo es que el lector despierto lo acaba juzgando a él: por dejar que el divo diga sandeces en plena (¿falsa?) pose nihilista sin que en su trabajo se atisbe una gota de ironía o maliciosa descripción de ambientes. Pongo ejemplos. Brando: “Si tuvieras una pajarita de aluminio de más de 10 metros y quisieras aspirar una naranja, sólo llegaría a 9,90 metros. Eso es todo lo que puede succionar una bomba de vacío”. Cometario del periodista: “Después se estira boca abajo y mira al agua”.
Poco más. Líneas más tarde, Brando le pregunta a Grobel: “¿Crees que podrías construir el puente de Brooklyn con todos los tapones de botella del mundo?” Y el tipo va y responde que sí. Y uno al leerlo se pregunta si el mayor actor del mundo, como dijo Elia Kazan, era una auténtico majadero o es que este señor privilegiado por penetrar en los dominios del duque (como tituló Capote su texto sobre Brando) no supo cómo explicar que era un ser único y especial.
Vayamos a Capote. Otro periodista, mismo entrevistado aunque algo más joven. Un dato importante antes de empezar con él: Cuando Capote publicó sus polémicos y certeros retratos, se convirtió en persona non grata entre la gente guapa de Nueva York. Brando, lleno de ira, jamás le perdonó su nada deferente retrato. Capote, que entrevista a Brando en una habitación de hotel en Japón, no se amilana ante él.
Ojo a su primera descripción: “No parecía dispuesto a utilizar los armarios que había en la suite, ocultos tras puertas correderas de papel. Todo lo que poseía estaba en exposición, (…) colgaba por todas partes como el vestuario de un espantapájaros desmantelado. Aquí y allá había pedazos de fruta a medio comer. Y libros, una selección de libros profundos, pero ninguna novela, porque Brando no lee novelas”. Sobre su pedantería, Capote dispara: “En su primera conferencia de prensa en Tokio les dijo a los reporteros que estaba contento de estar en Japón porque tendría oportunidad de ‘investigar la influencia del budismo en el pensamiento japonés, en tanto que factor cultural determinante’ ”.
Unas líneas antes, Capote ataca así: “Después de decirse 'tengo que perder unos kilos', pidió sopa, un bistec con guarnición de patatas fritas y tres verduras, un plato de fideos, bollos y mantequilla, una botella de sake, ensalada y queso con galletitas”.
Más tarde, Capote define sin pudor su gigantesco egocentrismo: “La voz siguió hablando, como si sólo tratara de escucharse a sí misma. Como la de tantas personas intensamente absorbidas por su yo, su conversación es un monólogo”. Brando “estaba entregado a su costumbre de no escuchar”, escribe Capote en otro pasaje. Sobre su inestabilidad emocional, subraya una de sus frases: “Siempre me entusiasmo por alguna cosa, pero no me dura más de siete minutos. Ése es mi límite. Nunca sé ni siquiera por qué me levanto por la mañana”.
Pero no va siempre a degüello. Capote también llega a ser amable y tierno con Brando: “Con los niños estaba cómodo. Parecía contemporáneo suyo en el terreno de las emociones, un compañero conspirador”. Y el toque final: “A veces pienso que Marlon es un huérfano que en una época posterior de su vida trata de compensar su condición convirtiéndose en cabeza bondadosa de un inmenso orfanato”.