lunes, abril 18, 2005

LA CAGARON

Los años 60 y 70 abarcan el último periodo glorioso del cine. De él habla el libro de Anagrama“Moteros tranquilos, toros salvajes”.
El trabajo de Peter Biskind, que a veces roza el tono amarillista, es un voluminoso, documentadísimo y muy entretenido estudio y a la vez reflexión sobre los trece años transcurridos entre Bonnie y Clyde (1967) y La puerta del cielo (1980). Para el escritor, este periodo marca “la época en que hacer cine en Hollywood fue realmente emocionante, la última vez que la gente pudo estar, y con razón, orgullosa de las películas que hacía, la última vez que una comunidad alentó el trabajo bien hecho, la última vez que hubo público capaz de sostenerlo”.

Hoy, cuando el espectador medio del cine (y su consiguiente mentalidad) tiene de 12 a 15 años, cuando no se conoce la palabra riesgo si no es al no usar condón o en una operación bursátil, este libro es un pelotazo nostálgico que viene de maravilla en estos tiempos, a mí por lo menos.
La lectura arranca con esa apuesta arriesgada que fue la película sobre la pareja de pistoleros producida y protagonizada por Warren Beatty dentro del sistema.

El film, violento y sexual, presentó una nueva mirada, una nueva actitud que demostraba que existía un cine al margen del cine acartonado y conservador de los cincuenta, lejos de Dorys Day y las de romanos. En otro lugar de Hollywood, el productor Bert Schneider y el director Bob Rafelson montaron la BBS. “El problema de hacer cine”, le dijo Bob a Bert, “no es que no contemos con gente de talento; lo que pasa es que no tenemos la gente con talento necesario para reconocer el talento”. Una descripción de lo que era entonces Hollywood y lo que ha vuelto a ser hoy y en peor medida.

Bob y Bert, junto a Dennis Hopper y Peter Fonda fueron los responsables de dejar Hollywood patas arriba. Easy Rider hizo de Jack Nicholson una estrella y fue todo un emblema generacional. Los despachos de los estudios echaban chispas, no sabían qué hacer ante las recaudaciones millonarias de un film tan barato y en cuyas proyecciones se apiñaban los hippies, un nuevo público que daba la espalda al viejo Hollywood.

Peter Bogdanovich, uno de los protagonistas del libro, lo resumió mejor que nadie: “Fui a un preestreno de El hombre que mató a Liberty Valance, y supe que estaba viendo la última gran película de la Edad de Oro. Cuando el tren se aleja, es realmente eso, el final de Ford. Y el final de Ford no era otra cosa que el final de esa época”. Junto a Bogdanovich, desfilan por las páginas de este ensayo ángeles caídos que juguetearon con las drogas, el sexo o el cine libre y la megalomanía más absoluta. Me refiero a tipos de la talla de William Friedkin, Hal Ashby, Paul Schrader, Terrence Malick, Michael Cimino, Robert Altman, John Cassavetes, Roman Polanski, Martin Scorsese o Francis Coppola, que lo tuvieron todo y nada en cuestión de década y media.

Otros, como George Lucas y Steven Spielberg, no sólo supieron medrar, sino que traicionaron el espíritu de hacer cine de las décadas prodigiosas en las que ellos, siempre acomplejados, también empezaron. Por culpa de Tiburón y La guerra de las galaxias mutó otra vez la industria. Los productores con olfato o instinto de los que hablaban Bert y Bob fueron sustituidos por agentes y abogados y los estudios descubrieron el filón de lanzar un film en miles de salas a la vez y con publicidad masiva, dos factores que llevaron a gastar más en marketing y distribución que en mimar la calidad e innovación cinematográfica.

Lo que dijese la crítica poco importaba, una película ya no se consolidaría poco a poco, no encontraría su público simplemente por ser buena. ¿No les suena? ¡Es el cine de hoy!
Mientras Coppola rodaba Apocalypse Now y le llovían las críticas, la también visionaria crítica Pauline Kael comentó: “Los espectadores de hoy, los que discriminan, quieren placidez, un arte agradable, no agresivo, películas mansas que no los trastoquen. Estamos presenciando la llegada de un nuevo puritanismo cultural, la gente quiere cosas inofensivas, encantadoras o se conforma con la sobriedad impostada, y la prensa está llena de referencias insidiosas al gran film que está rodando Coppola”.

El director de El padrino es el que mejor parado sale en el libro, pero aun así, ha declarado que es basura y que Biskind lo escribió por dinero. Juzguen ustedes y háganse, como yo, la gran pregunta. ¿Por qué una generación de cineastas con tanto talento perdió la casi irrepetible oportunidad de hacer del cine un arte libre y a la vez popular? El caso es que, como le dice Wyatt a Billy en la fundadora Easy Rider, la cagaron.