
Polanski, regenerador del cine europeo y después del de Hollywood, se enfrenta, anciano, a una larga pena de prisión. Su abogado ha dicho que está abatido, cansado, desanimado.
Llevamos décadas leyendo sobre “El caso Polanski”, aunque deberíamos hablar de “los casos”: superviviente del holocausto nazi en Polonia, asesinato de su esposa con su hijo no nato en su vientre y posterior juicio contra la familia Manson, supuesta violación de una menor en la casa de Jack Nicholson y detención por ese delito en nuestros días. Una vida movidita, digna de cualquiera de sus nada corrientes personajes.
El complejo caso Polanski sigue desatando una tremenda controversia en todo el mundo y en diferentes sectores de la sociedad como el judicial, el periodístico o el intelectual. Cada uno con sus razones, cada uno con sus defensas o reprimendas, pero con una cruda realidad judicial de fondo: los cargos contra él eran de violación, sodomía, abuso de menores y dar drogas a una cría.
En los “felices” setenta esto suponía una pena de 50 años en la trena. Dudo, y es una suposición, que esto tenga una base legal firme, pero lo cierto es que Polanski huyó -qué gilipollez tras otra- después de cometer un supuesto delito, no cumplió sentencia y
ahora su pasado lo atrapa. Como diría Jack Nicholson en su famoso clásico, donde el personaje de John Huston violaba a una menor y compraba a todos para taparlo, “Otra vez Chinatown”.
No seré yo quien juzgue a Roman, pero hay hechos que me mosquean de este caso: frente a decenas de peticiones de indulto por parte de famosos, políticos incluidos, el citado
Nicholson no ha dicho NI PAPA al respecto. En esa época, Jack compartía matrimonio y mansión con Anjelica Huston, que fue única testigo del caso.Y mientras Jack y Anjelica, dueños de aquella casa, siguen sin decir ni pío, directores como Martin Scorsese, Pedro Almodóvar, David Lynch o Woody Allen han clamado por la liberación de su colega de profesión. Y uno piensa que ni unos ni otros dan una. Ni los ultras que claman venganza y la pena más alta, ni los colegas que piden clemencia por los años transcurridos y por el “perdón” de la víctima.
Yo, y es una suposición, no creo que Polanski violase a nadie. Violar es forzar, usar la violencia. Tampoco vi nada indecente en ese Woody Allen pillado sacando fotos picantes a su actual mujer, entonces menor e hija adoptiva de su esposa Mia Farrow. Y no creo que aquella joven, hoy una señora, otorgase ningún “perdón”. Y menos a cambio de medio millón de dólares que le dieron los abogados de Roman a condición de expresar ese “perdón” públicamente.
Woody se libró tras un juicio agotador, pero
todo pinta mal para Roman. Por gilipollas. Porque su cine se parece escalofriantemente a su vida. Y todo el que lo conozca sabe cómo acaban casi todas las pelis de Polanski. Mal. “Otra vez Chinatown”.
Escrito el domingo 8 de noviembre de 2009.